Virginia Woolf

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

06 abr 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

El paseante que subiendo del Strand a Trafalgar Square toma la acera de Saint Martin in the Fields y camina un ciento de metros -o, como diría Bertie Wooster, la distancia de un hierro siete- se va a topar, en el inicio de Charing Cross, con un hermoso portalón victoriano de medio punto, la entrada de la National Portrait Gallery de Londres. Se trata de un pequeño museo anejo a su hermana mayor, que custodia, entre otros muchísimos retratos, la famosa fotografía de Virginia Woolf tomada por Charles Beresford en 1902. En ella recoge todo el misterio que encerraba la autora de Las olas, la novela que a mí más me gusta por su hipnotismo, su cadencia y su dificultad. Virginia -ustedes ya lo saben por Las horas, esa estupenda película- se suicidó a pesar de los cuidados del pobre Leonard, un hombre serio y sensato, que yo creo que chirriaba un poco en el ambiente de Bloomsbury. Durante la Gran Guerra, que ahora está de nuevo de moda, las hermanas Stephen -Virginia y Vanessa, nombres hoy tan gallegos- se reunían junto a sus maridos con mi amigo Aldous Huxley y señora y con el malvado Lytton Strachey para hablar de literatura, jugar al cróquet y merendar sándwiches de pepino. Todos saben cómo acabó aquello: Europa enfangada hasta la orejas por el barro de las trincheras y Ford Maddox Ford escribiendo El buen soldado. Ahora a Virginia su museo y el mío le va a dedicar una exposición que yo no me pienso perder. Si un vuelo barato me lo permite.