Si tuviese que hacer un póster anunciador de un curso de verano sobre la crisis, y tratase de transmitir la idea de que hay un viejo mundo que se resiste a caer y un tiempo nuevo que no acaba de nacer, no tengo ninguna duda de cuál sería mi elección: una foto de Cándido Méndez, triste como un enterrador, vestido con estética retro de obrero metalúrgico, hablando de una economía que ya no existe a un trabajador que no entiende nada de lo que dice, y haciendo reivindicaciones utópicas y extemporáneas propias del viejo obrerismo estatalizado e hiperprotegido que entraba y salía de las fábricas a toque de sirena. Como fondo, un poco borroso, pondría las modernas manifestaciones rituales del Primero de Mayo, en las que los obreros quedan sustituidos por indignados de toda ideología y condición, que, luciendo un tono festivo propio de la banalidad del momento, siguen a una masa de sindicalistas liberados que agitan banderas de clase en defensa de sus chopes y garitos burocráticos.
Y una vez hecho este póster, lloraría de pena por el Primero de Mayo que se fue para no volver, y por estas manifestaciones rituales y mañaneras -porque las tardes son para el ocio festivo-, con las que el sindicalismo más rancio e inútil de la historia trata de detener el tiempo y los modelos laborales, para mantener un sindicalismo obrerista que vive esta crisis más perdido que un pulpo en un garaje, y que está seriamente tocado por escándalos de financiación y uso de recursos públicos que -por ser reiterados y de creciente gravedad- penetran su estructura hasta los tuétanos.
No deja de ser curioso que, en la desgraciada dialéctica que hemos establecido entre el optimismo congénito del Gobierno y el pesimismo radical de los sindicatos, a la gente le resulte más moderno y creíble el artificioso azul de la derecha -el que ve luz al final del túnel-, que el negro mate de los sindicatos -que presenta la crisis como una cruel guerra de la banca y los mercados contra los pobres expoliados-. Y esa debe ser la razón por la que este tiempo de angustia y zozobra, que llenó la calle de algaradas informes y en buena medida apolíticas, haya convertido a los sindicatos en instituciones domesticadas y casi invisibles, a las que, lejos de reconocerle su labor en defensa de la clase trabajadora, se les imputa buena parte de responsabilidad en lo que ha sucedido, y se les considera parte esencial del sistema que «hay que cambiar».
En estas circunstancias no es de extrañar que la Fiesta del Trabajo empiece a tener el mismo carácter que el Día de la Constitución, cuya finalidad no parece ser otra que proporcionar los largos puentes laborales en los que esta España empobrecida y hambrienta se tira hacia las playas en busca de consuelo y libertad. Y así lo dijo el poeta: Que por mayo era, por mayo, / cuando face la calor.