Hace ahora un par de años, buscando plantas de genciana en la comarca leonesa de la Babia, me paré a charlar con un pastor que cuidaba un rebaño de dos mil reses ovinas. Inicialmente me acerque a preguntarle por la planta, pero la conversación resultó amena y disfrutamos durante largo rato sentados en un pequeño pico próximo a la aldea de La Cueta, el pueblo más alto de la provincia de León.
Después de hablar de plantas, y mostrar curiosidad por mi trabajo, el hombre me dijo que conocer las plantas era difícil pero que no pensara que ser pastor era algo fácil; a pesar de la ayuda de los perros, había que estar atento a muchas cosas, conocer el terreno y el cielo, y tener paciencia. Para tratar de resaltar la dificultad de su labor, me contó que una vez en un pueblo leonés dejaron el rebaño a cargo de un tonto, durante un día de boda, y los daños fueron irreparables; no era tan fácil, sentenció. Por supuesto, mostré mi acuerdo con sus afirmaciones, mientras un nutrido grupo de mastines manejaba el rebaño con destreza.
Aunque no se lo crean, la cuestión viene a cuento del debate abierto en torno a algunos mensajes en las redes sociales sobre el terrible asesinato de una política leonesa. Se trata de mensajes despreciables, ofensivos para otras personas o que amenazan o atacan a políticos, con los que, obviamente, no se puede estar de acuerdo. La cuestión es que los responsables del Ministerio del Interior han salido prestos a la palestra para decir que hay que tomar medidas, que se trata de delitos, y que hay que peinar las redes sociales, en un ataque agudo de antigüedad.
Veamos. En mi opinión, los citados mensajes no son más que un caso típico del denominado «síndrome de las reses sociales»: Cuando un animal tiene acceso a herramientas tan poderosas como Internet o las redes sociales, el efecto de su estupidez tiende a infinito. Piénsenlo, antes un idiota podía decir tonterías en su sofá sin que lo escuchara nadie más que su pareja, si existiera, o su gato; en este caso tiende a cero. Hoy ese mismo imbécil puede dar rienda suelta a sus estúpidos pensamientos a través de plataformas que son compartidas por millones de personas.
Nada más lejos que mi intención que minimizar la capacidad de hacer daño de los imbéciles, son muchos, no saben que lo son y cuentan con las herramientas de las nuevas tecnologías de comunicación; si se organizarán las consecuencias serían dramáticas. Ahora bien, de ahí a que sus animaladas nos lleven a un cribado de todo lo que se escribe en las redes sociales, va un trecho que no conviene recorrer. No soy usuario de las redes sociales y tampoco he trabajado con rebaños, pero estoy seguro que gestionar las primeras, o manejar los segundos, tiene que ser cuestión laboriosa. Sin embargo, creo que pretender solucionar esta cuestión controlando las redes sociales acabará de la misma manera que el rebaño en manos del memo. Ya lo dijo el pastor, los daños pueden ser irreparables.