Casi cincuenta mil nuevos desahucios de viviendas tuvieron lugar el pasado año, según el informe anual del Banco de España. No se computan ni trasteros ni plazas de garaje. El número total supone un crecimiento del once por ciento sobre el año anterior.
Arrebatar una vivienda, desalojar judicialmente una casa, significa desahuciar las esperanzas de miles de familias, golpear donde más duele, violentar los derechos básicos y esenciales de la ciudadanía. Es castigar, expulsar del paraíso doméstico y cotidiano a las buenas gentes incapaces de comprender lo que está sucediendo, lo que les sucede a ellos, que no saben nada de la demagogia de quienes anuncian beneficios bancarios después de un rescate financiero que nos ha costado setenta mil millones de euros.
Lo que nos venden como demagogia no es otra cosa que narrar la realidad sin adornarla, es aplicar un silogismo primario basado en el viejo aserto que no duda en llamar pan al pan y vino al vino.
Resulta inexplicable argumentar confusas tesis para aquellas personas que han perdido su trabajo y su hogar después de haber contribuido a mantener durante muchos años la letra mensual que poco a poco cumplía con el contrato firmado con la entidad financiera.
Ejecutaron desahucios múltiples con una crueldad infinita, que afectaba a familiares que habían avalado el préstamo para la adquisición de la vivienda.
Los nuevos cincuenta mil desahucios son como poco cincuenta mil dramas personales, una angustia colectiva, toda la desesperanza que cabe en cincuenta mil embargos y que se acerca mucho a una desazón infinita.
Perder trabajo y hacienda era únicamente una referencia literaria en los relatos medievales. Hoy todos somos siervos de la gleba, humillados por un poder que está identificado, que se oculta tras unas siglas que tienen responsables con nombres y apellidos y que se amparan en una selva de disposiciones legales y jergas indescifrables. Esa letra pequeña que no sabe interpretar la buena gente cuando firma los papeles del préstamo para comprar su casa.
La casa, la vivienda propia, es una legítima aspiración, es encontrar cobijo para ubicar los futuros proyectos, en ocasiones tan simples como formar una familia y verla crecer. La casa es el principio, el espacio social fundacional, un anhelo posible.
Asistimos perplejos a un momento histórico regido por esas leyes secretas de la impotencia. Contamos los desastres, las desgracias cotidianas por decenas de miles y no nos inmutamos. Nos ha salido costra ante el dolor ajeno, y nos hemos convertido en seres insensibles, defendiéndonos en un insolidario sálvese quien pueda.
Lo cierto es que el dolor se incrementa. Las estadísticas nefastas son imparables. ¿O es demagogia?