La felicidad se reparte por barrios. Nunca es completa. Minuto 93 o 94. Estadio de la Luz, el Tarzán de Camas se alza y de un cabezazo impecable e implacable, pleno de corazón, golpea el córner de Modric (ese mini Cruyff) a la red. Y el fútbol, como la vida, zarandea otra vez en el mismo pupitre. No hay piedad. Se puede perder, en el fútbol como en la vida, dos veces de la misma manera. El sábado pasado y hace cuarenta años. Un central te hace el gol. El derbi de los derbis terminó en cardiología. Los colchoneros, los culés y los antimadridistas, que habían formado coalición contra el Dark Vader blanco, hundidos. Pero ¿hubo fútbol? La posesión, para el Atlético en la primera parte, con un Khedira al que se le pidió demasiado, justo en la zona en la que más muerden los espartanos de Simeone. El Madrid funcionó cuando Ancelotti al fin tuvo la visión de los cambios. Nada como jugar al fútbol con los que saben jugar al fútbol. Suele funcionar. Isco y Marcelo encendieron las teas y contagiaron a los demás, menos a Cristiano (bastante ausente). Modric y Bale crecieron y el gol no llegaba solo por los rezos atléticos. Pero la pasión y el coraje no fueron suficientes para que Gabi alzase la copa. El reloj daliniano del árbitro, con cinco minutos de descuento que derritieron la final, puso la soga. La prórroga sobraba en unas piernas atléticas ya nada atléticas. En la ciudad blanca tenía que ganar el Madrid.