Con la abdicación, el aún rey don Juan Carlos no se ha ido por la puerta de atrás. No sería justo que se transmitiera esa impresión. Él mismo ha declarado que ha sido una decisión muy meditada y que no se debe a cuestiones de salud. La razón fundamental estriba en ser buena para la institución que ha personificado durante treinta y nueve años. No se trata de salvar ahora la Corona de un naufragio, sino de preservar su función constitucional, liberándola de percepciones negativas ligadas a su persona y que asume con la abdicación en su hijo. De algún modo es la renuncia a un proyecto vital que tiene mucho de servicio a la institución que representa y que, por eso, le honra. Como la de su padre don Juan, en permanente exilio. Había que salvar, entonces sí, a la Corona, aun con el coste del aval franquista. Fue también duro para el hijo. Es la exigencia de mantener un legado que se transmite de padre a hijo. Da razón de ser a la institución, que ha de corresponder a los cambios en la sociedad a que debe servir.
Sería mezquino, además de notoriamente injusto, juzgar lo que ha supuesto para la democracia el reinado de Juan Carlos I, por equivocaciones que haya tenido como esposo o como padre. Los reyes son humanos. Es cierto que se les puede reclamar ejemplaridad en lo que no sin dificultad puede llamarse su vida privada, como al presidente de una República. Pero me parece que en la baja del aprecio social que han apuntado las encuestas, pareja a la de otras instituciones, cargos públicos y políticos, ha habido un tanto de fariseísmo si se atiende a lo que no es tan extraordinario en muchas vidas. Con la abdicación don Juan Carlos ha puesto a la institución por encima de su interés personal. En eso ha habido una ejemplaridad fundamental a seguir.
El rey que se va ha sido clave para nuestra democracia. Es lo que explica su aceptación por partidos republicanos que habían derrocado la monarquía de su abuelo y habían sido derrotados en una guerra civil. Conviene recordarlo, como también el miedo o incluso el pánico en la izquierda hasta la intervención del rey en televisión la noche del nefasto 23-F. Los mismos postulados de entonces siguen teniendo valor. El titular de la Corona tiene menos posibilidad de interferir en el funcionamiento del sistema democrático que el presidente de una República. Habría que repasar nuestra historia. En la República de 1931 el presidente no era ajeno a las crisis de gobierno que se producían, ni tampoco a la promoción de un partido político de centro que, por cierto, fracasó.
El rey Juan Carlos I es acreedor del reconocimiento de los españoles. Desde luego del mío. No es cuestión de referir los esporádicos encuentros personales habidos. Recordaré la amplia audiencia con motivo de la entrega de la primera medalla de la Universidade da Coruña. El orgullo de cómo enseñaba la foto de su primer nieto. Su último gesto le engrandece y humaniza. Se va por la puerta grande de la Constitución.