Como sabrán los lectores, buena parte de los concejales del equipo de gobierno de Santiago han sido condenados por los jueces y expulsados del Concello por lo que, prácticamente ya no quedan ediles. El alcalde, imputado, que sustituye al anterior también imputado, ha dimitido, aunque no está claro si seguirá con su acta de concejal. Para sustituirlo, el partido de gobierno ha acudido al número veinticinco de la lista, que se completará con personas no electas; el espectáculo ha comenzado. Les aseguro que mi opinión no está influida por mi condición de santiagués, ni tampoco por motivos personales, ya que no conozco a ninguno de los citados concejales. Créanme, pensaría lo mismo si esto ocurriera con concejales de cualquier otro partido, pero la situación es tan delirante que han tenido que acudir a un recurso legal para nombrar concejales no electos. Si recuerdan, esa posibilidad se gestó en los años en que en el País Vasco era difícil cubrir las listas ante la amenaza terrorista, ahora a esto le llaman normalidad democrática.
No discuto, aunque lo dudo, que quien va al final de una lista municipal tenga una honda preocupación por la política local; si fuera yo, hubiera tratado de que me situaran mejor. Lo que me parece esperpéntico es que nos comuniquen por la prensa quién va a ser el alcalde de la ciudad, nombrado por el dedo divino, y que él será el responsable de nombrar a los concejales entre personas de su confianza, por supuesto, no elegidos democráticamente.
Cuando escucho a los analistas preguntarse qué ocurre para que crezcan nuevas fuerzas emergentes o por qué los jóvenes muestran desapego a la política, tengo la sensación de que están de broma. Nadie, en su sano juicio, puede creerse que este proceso tenga algo de normal o algo de democrático. Es la demostración palpable, con la actual solución incluida, de que el sistema no funciona.
La ciudad de Santiago era conocida, hasta hace poco, por su hermosa catedral y el casco histórico, también por su Universidad, que no ha pasado por un buen momento. En los últimos años ha sido la Ciudad de la Cultura la que ha puesto a Santiago en el mapa del despilfarro. Ahora, con el esperpento del ayuntamiento, es más conocida a nivel nacional por sus problemas judiciales que por cualquier otra razón. Ellos sabrán lo que hacen y los ciudadanos de Santiago lo valorarán dentro de unos meses.
Por mi parte, este espectáculo me ha recordado un pequeño ensayo que aborda los efectos negativos del pensamiento positivo. Autoengañarse diciendo que se ha actuado bien y que la cuestión está solucionada, valorar positivamente una cuestión que objetivamente no lo es, solo tiene efectos negativos. Créanme, por más que haya habido patadas y cabezazos, lo que ocurre en Santiago no tiene ni pies ni cabeza y solo traerá consecuencias negativas para la ciudad.
Por lo demás, Compostela sigue siendo hoy una ciudad culta, gobernada por incultos.