Unos señores de edad avanzada criticaban en la calle la ausencia de un crucifijo. Lamentaba Artur Mas que Felipe VI no pusiera en su discurso la «España plurinacional»...
20 jun 2014 . Actualizado a las 09:55 h.Contaba ayer en el Palacio Real el periodista Joaquín Estefanía que unos señores de edad avanzada criticaban en la calle la ausencia de un crucifijo ante el rey. Lamentaba Artur Mas que Felipe VI no pusiera sobre la mesa en su discurso la «España plurinacional». Acababa de jurar la Constitución y ya le pedía que se la saltara a los dos minutos. No le bastaron los guiños a Cataluña, País Vasco y Galicia en su discurso, como la cita de Antonio Machado -fallecido cuando huía de la represión franquista-; de Salvador Espriu -autor de La Pell de brau (La piel de toro), una reflexión moral sobre España-; la referencia a Gabriel Aresti que solo escribió en euskera, o a Alfonso Rodríguez Castelao, el autor de Sempre en Galiza, considerado el padre de la patria gallega, exiliado en Buenos Aires. No le bastó con su agradecimiento final en los cuatro idiomas que hablan los españoles, ni su referencia a que en «la España, unida y diversa, caben todos, con todos los sentimientos y sensibilidades».
Quedara corto o largo, el rey no improvisó su discurso. Como es debido, colocó al principio y repitió al final su mensaje principal: «Una monarquía renovada dispuesta a escuchar» y advirtió que su función es escuchar, advertir y aconsejar. Incluyó algún misil dialéctico -«una Corona íntegra, honesta y transparente»-, que debió caer en Ginebra, donde reside su cuñado Urdangarin, pero que dejaba esquirlas en los escaños del Congreso, donde se sientan algunos imputados y muy buenos amigos de condenados por corrupción.
Había en el discurso un esfuerzo por conectar con las necesidades ciudadanas. Habló de las víctimas del terrorismo y, a renglón seguido, de las víctimas de la crisis. Sentía insoportable el latigazo del sufrimiento popular y, en especial, de los jóvenes sin oportunidades. Anunciaba su voluntad de buscar cercanía con el latido del país y adelantaba que debía ejercer como jefe de Estado leal, con conducta transparente. ¿Se podía pedir más el primer día cuando hablaba ante cien cadenas de televisión y millones de ojos que lo escrutaban? Artur Mas aparte, y quizás Íñigo Urkullu, más la izquierda republicana que con sus declaraciones tanto hace estos días por la consolidación de la monarquía parlamentaria, a nadie defraudó.
La abdicación se ha gestionado como la noticia de un embarazo, respetando sus tiempos. El rey se lo anunció al entonces príncipe, que era quien debía saberlo primero, tras la Pascua Militar, en enero. Después, discretamente, a las amistades más selectas. Rajoy lo supo en el velatorio de Adolfo Suárez. Quizás don Juan Carlos pensaba decírselo al país tras el verano. Pero todo se precipitó. En realidad ya llegaba con retraso, porque la abdicación se reclamaba hacía tiempo, aunque no fue, por fortuna, demasiado tarde. Un año después, con alta probabilidad, las dificultades se hubieran multiplicado.
Don Felipe tuvo tiempo para preparar su discurso con sus colaboradores y no hay duda alguna de que contó con la atenta mirada de su esposa. En los segundos que dura un saludo tuve oportunidad de felicitar a los reyes por ese primer discurso. Deliberadamente a los dos. Don Felipe lo agradeció con una sonrisa, agotado como estaba. Doña Letizia, tan experta en información como en desinformación, me preguntó por la ausencia de María Rey, a la que suponía trabajando en el Congreso, como así era. Si la nueva reina no pierde detalle ni de la postura de sus hijas, ni de la fila interminable de invitados, cómo va a quedar ajena ante un discurso con rango de escritura fundacional del nuevo reinado.