Llega Galicia al final de la gran depresión agotada. Sin un sector definido al que agarrarse para crecer ahora que hay una brisa favorable. Con miles de jóvenes recurriendo a la emigración (menos talento, menos empleo, menos cotizaciones...). Con planes económicos públicos pensados para el corto plazo. Con unos números en sus exportaciones -motor del crecimiento- trampeada por el efecto de dos gigantes. Y con el lastre de no haber llegado nunca a colocarse al nivel medio europeo (que ni de lejos) o español (algo en principio más factible). Aquí las crisis llegan más tarde y las estructuras se resienten menos. Pero en su defecto se quedan apalancadas, dejan la economía arrastrando los pies durante una temporada. Galicia no vivió alegrías de esas que disparaban el PIB por el centro y Levante. Por fortuna. Pero ahora la convergencia con Europa está más lejos, más difícil, dice la estadística comunitaria. Lo que hay tras esos números no es una cuestión menor, porque esconden los debates que nadie quiere (¿sabe?) afrontar: la debilidad de la economía gallega, la falta de relevo generacional en algunos sectores, la carencia de oportunidades... Porque esto no es una mera cuestión de converger y ponerse bonitos para la foto.