Me preguntaron de una televisión cómo podía explicar la vehemencia del fiscal Horrach contra el juez Castro. Obviamente, no tengo una explicación, pero hay dos posibilidades. La buena, que el fiscal entienda honestamente que el juez está obsesionado con sentar a la infanta en el banquillo y esa obsesión le condujo a hacer una instrucción ya predeterminada por la intención de imputarla con razón o sin ella. La mala, que el fiscal obedece a disciplina jerárquica, responde a una orden superior y tiene el encargo de impedir el procesamiento con todos los argumentos que se le ocurran. Uno de ellos, lanzar su artillería dialéctica contra la persona del juez.
¿Qué tesis es más creíble? No lo tengo claro, pero deseo que sea verdad la primera. Si hubiese una orden superior, no bastaría para desmentir que la Justicia es igual para todos, pero sí demostraría que algunos tienen más posibilidades de manejarla que el resto de los mortales. Ahora bien: ese enfrentamiento entre fiscal y juez no es ninguna anécdota ni un episodio personal. Es el reflejo de una opinión pública que se comporta igual que ellos: la mayoritaria, que hace mucho tiempo dictaminó que la esposa de un presunto delincuente es colaboradora necesaria en sus delitos societarios, y la minoritaria que, por afecto al rey Juan Carlos y a la reina Sofía, por confianza en los miembros de esa familia o por cualquier otro motivo, no acepta que la infanta haya delinquido. Esa opinión dividida, esas dos Españas, están perfectamente representadas en Castro y Horrach.
Pero esto es solo una descripción. Lo malo estará en las consecuencias. ¿Os imagináis qué pasaría si la Audiencia de Palma no aceptase el recurso del fiscal y mantuviese la imputación en los términos que señaló el instructor? La Fiscalía quedaría marcada por la sospecha de ser un instrumento del poder político. Esa sospecha es hoy muy fácil, porque hemos visto demasiados casos recientes de fiscales defendiendo a poderosos. Quizá tengan razones jurídicas para hacerlo, pero la opinión ciudadana lo entiende como trato de favor. ¿Os imagináis, en cambio, qué pasaría si la Audiencia de Palma echase abajo la instrucción y levantase la imputación de la infanta? El juez Castro quedaría como un héroe que tuvo el valor de llevar un caso hasta donde nadie lo había llevado; pero ha tropezado con la barrera de los poderosos que tumbaron su riguroso trabajo de cerca de cuatro años.
Por tanto, estamos ante un asunto endemoniado. Si la infanta es procesada, será un golpe a la monarquía; si no lo es, también será un golpe al sistema, por haber impedido la Justicia independiente. Y con la pelea de esos dos señores, todo aparece más grande y polémico. Más endemoniado.