Violencia estructural

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Hay fuerzas marginales empeñadas en entronizar una violencia estructural en España. Es algo que ya no niegan ni las propias fuerzas marginales implicadas, que, en su progresivo e interesado convencimiento de que tienen la razón, no paran de elevar el tono de sus insultos y descalificaciones. Su objetivo está claro que es provocar a sus adversarios y situarlos a la defensiva, poniendo en valor una osadía dialéctica que -¡ya es paradoja!- destaca por lo burdo, zafio, limitado y reiterativo. De hecho, ya cada vez prescinden más de los argumentos y pasan directamente a las acusaciones y los insultos.

¿Cuál es el resultado? Que cada vez es más difícil el debate o el diálogo entre todos. Como bien dijo don Francisco de Quevedo, implacable y certero fustigador de los males hispanos, «el exceso es el veneno de la razón» y «el insulto es la razón del que razón no tiene». Dicho en plata, es el nuestro de hoy un espectáculo poco edificante. Algunos persiguen a dentelladas los votos que aún no tienen, pero que anhelan, mientras que los otros se defienden con extrañas actitudes de ninguneo o desprecio. Y, tanto unos como otros, todos parecen decididos a meternos miedo con sus propios contrarios.

Como ciudadano que no comparte esos afanes amedrentadores ni esas actitudes achuladas, deseo que el voto ciudadano ponga orden en futuras citas electorales y elija a aquellos que, con un programa creíble, sean capaces de salvaguardar la concordia y excluir la perfidia desestabilizadora, sea de derechas, de centro, de izquierdas o de condición ultra. Nuestro país no puede resignarse a vivir en una gresca permanente. Porque el resultado no nos gustaría y, arrepentidos, acabaríamos por denostarlo y rechazarlo.

Sin embargo, lo real hoy es que la violencia verbal está empezando a dificultar el debate, cuando debería suceder lo contrario. Porque en los argumentos deberían brillar las razones y no los gritos o escarnios. Todos deberíamos recordar un dicho certero de Martin Luther King: «Nada se olvida más despacio que una ofensa, y nada más rápido que un favor». Por si acaso.