Austericidio

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa FARRAPOS DE GAITA

OPINIÓN

16 jul 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Cada vez que escucho la palabra austericidio me echo la mano al bolsillo, hasta que recuerdo que el austericidio ha consistido básicamente en eso, en dejarnos incluso sin bolsillos, sin el legendario peto que todo gallego lleva dentro de su mente y de su corazón, para ir ahorrando afectos, cosas, incluso dinero para un imprevisto. Son manías que heredamos sin más, de generación en generación, como lo de no dejar que los niños anden descalzos por la sala o guardar después de comer ese pequeño luto previo al baño que todavía llamamos hacer la digestión.

Cuando escucho la palabra austericidio la mano se me va sola al bolsillo, de puro miedo reflejo, aunque a mí lo de austericidio nunca me ha sonado exactamente a esa diabólica maniobra de las fuerzas conjuntas de Bruselas y Berlín por la que los matados del sur tenemos no ya que parecer unos matados, sino serlo, y limitarnos a poner copas a los bárbaros del norte cuando, cada verano, bajan a abrevar a la orilla de nuestros mares.

A mí lo de oír hablar del austericidio me provoca un extraño estado de shock porque de pronto pienso que alguien se ha cargado a Paul Auster, que a pesar de que últimamente anda un poco de bajón es uno de esos escritores que uno lleva pegado a la piel desde La trilogía de Nueva York y, sobre todo, desde El palacio de la luna y Leviatán. Así que, cuando sale lo del austericidio, en seguida desenfundo el móvil, estremecido, no vaya a ser que alguien haya acabado con Auster y su música del azar, hasta que compruebo, aliviado, que solo es la pesadilla de siempre.