Si a los gobiernos se les dan cien días de gracia, sin reparar en que cuentan con múltiples precedentes de su acción política y con enormes aparatos de gestión que facilitan su aterrizaje, parece justo que al nuevo secretario general del PSOE, que acaba de hacerse cargo de un partido desnortado y apremiado por diversas y agudas crisis, le demos un plazo de doscientos días antes hacer juicios definitivos sobre sus hechos y actitudes. Dicho plazo termina el 12 de febrero del 2015, cuando las elecciones municipales y autonómicas pongan a prueba sus decisiones, y cuando ya sepamos en qué va a dar la recuperación económica que proclama Rajoy, y qué alcance pueden tener las decisiones especiales que puede tomar Artur Mas en torno al 9 de noviembre.
De momento se constata su buena imagen y que sabe hacer titulares contra el Gobierno. Dos virtudes muy importantes y prácticas para un líder, siempre que no asciendan al primer plano y conviertan a su poseedor en un figuras hueco y liviano, que haga de caja de resonancia a todos los tópicos, y al que todos los vientos y brisas puedan zarandear. Pero lo que no sabemos es si Pedro Sánchez tiene un diagnóstico adecuado del problema que trae entre manos, y si está dispuesto a hacer, como él mismo dijo, que los intereses de España prevalezcan sobre los partidos y sobre su estrategia electoral. Su mandato nace rodeado de trampas, y mucho me temo que va a tener más fácil los doscientos días de indulgencia que le debemos los ciudadanos que la compresión que debe ofrecerle su partido ante algunos dilemas endiablados que solo se pueden afrontar eligiendo el mal menor.
En todo caso, dentro de doscientos días, yo miraré cuatro cosas. Si opta por hacer un programa demagógico, bajo el pretexto de la izquierda -como hizo Hollande-, o si tiene un diagnóstico de la crisis y de cómo afrontarla dentro del contexto europeo. Si es capaz de enfrentarse con decisión y con las alianzas exigidas al problema catalán, o si va a utilizar la palabra federal como un mantra milagroso y abstracto del que no descubre ni los contenidos ni las alianzas que pretende formar. Si va a poner orden y disciplina en su partido, para regresar a la vocación de mayoría alternativa, o si va a dejar que cada cual se exprese por su cuenta mientras él sueña con gobernar desde el declive y con alianzas temibles e imposibles. Si tiene como primer objetivo restaurar las posiciones del PSOE y redefinir un programa de Estado, o si va a sacrificar coherencia, estrategia, ideología e historia para derribar al PP a cualquier precio y llegar a la Moncloa con cualquier compañía.
Porque el PSOE no es la víctima del sistema, sino uno de sus principales responsables, haría muy mal si intentase salir de esta capitaneando la indignación. Y Pedro Sánchez tiene doscientos días para demostrar que sabe adónde quiere llegar.