Irak iba a ser, según George W. Bush, una democracia modélica que serviría de ejemplo a Oriente Medio. Aun en diciembre del 2011, cuando las tropas estadounidenses se replegaron, Barack Obama, que en su día se había opuesto a la guerra por considerarla absurda, presumía de dejar un país mejor, «una nación soberana, estable, autónoma, con un Gobierno representativo elegido por su propia ciudadanía». Diez años después de la intervención para deponer al tirano Sadam Husein, sustentada en la falsa justificación de que disponía de armas de destrucción masiva -suscrita de forma entusiasta por Aznar-, el país se ha convertido en un Estado fallido, sumido en el caos, las matanzas, el exterminio de las minorías, el sectarismo y los atentados diarios que ya ni siquiera son noticia. El Estado Islámico, un grupo yihadista cuya brutalidad y crueldad supera incluso, según algunos analistas, la de Al Qaeda, ha creado un califato en varias ciudades iraquíes y sirias, donde reina el terror y la interpretación más extremista de la sharia o ley islámica. Resumiendo, Irak se ha constituido en el peor ejemplo posible para Oriente Medio y en la demostración, como sucede también en Afganistán o Libia, de que imponer la democracia a cañonazos es una tarea destinada al fracaso, que además tiene un coste en vidas humanas obsceno, en este caso más de 140.000 civiles iraquíes muertos desde la invasión. Aquel triunfalista Obama de hace dos años y medio ha tenido que dar marcha atrás y recurrir a los bombardeos para tratar de impedir el avance del EI, al tiempo que movía los hilos para expulsar de una vez al sectario primer ministro Maliki. El Irak de Sadam era una dictadura sanguinaria. El Irak actual es el horror en estado puro.