Este año la conmemoración del 14 de septiembre de 1714 en Cataluña tiene una especial significación. El simbolismo de la fecha se presenta como antesala y presión en favor de la consulta sobre el derecho a decidir en la que se ha comprometido la Generalitat. Un derecho que, con claridad, para sus patrocinadores se concretaría en la reclamación de la independencia de Cataluña. Entenderlo de otra manera son juegos malabares que no funcionan, como ha podido comprobar el nuevo secretario general del PSOE en su entrevista con el presidente de la Generalitat. La situación, inédita en esta etapa democrática, advierte que «los experimentos, con gaseosa», en la ocurrente expresión del catalán Eugenio D´Ors.
Por eso, hace bien el presidente Rajoy en no sucumbir a tanto canto de sirena, manteniendo el rumbo de la nave en la dirección de la ley que Mas no podrá esquivar y contra la que se estrellará, en otro caso. Precisará serenidad para no dejarse impresionar por el envite de la posible espectacular movilización que conforme una esplendorosa uve humana en Barcelona. La cuestión catalana no se resuelve en esa fecha; no obstante, sería imprudente no tener en cuenta la madeja de sentimientos que se ha ido tejiendo en torno a ella. Como un apunte, me permito recordar que dos días después de que las tropas borbónicas ocuparan Barcelona se suspendieron los estudios universitarios, trasladando la mayor parte de ellos a Cervera. Un castigo, entre otros, cuya memoria ha sido cultivada.
La razón contra el sentimiento, ni aquella sin este, resuelven el problema. Cuando la defensa del secesionismo se le pone difícil a Mas, para defenderlo ante los empresarios, ha de envolverse en el reclamo idealista de que la libertad requiere sacrificios. La trayectoria del president no ha sido rectilínea, prisionero de su aventura secesionista. De momento, obligación del presidente Rajoy es que no se consume. Hasta ahora sus declaraciones proporcionan esa seguridad, sin descalificaciones que hagan más difícil afrontar el problema. A veces, cuando se constata el fuego graneado que disparan amigos y partidarios, surge la duda de si están realmente respaldando a Rajoy. Alimentan pasiones que, paradójicamente, colaboran al rechazo de una patria común.
El caso Pujol constituye un test. Desproporcionada la intervención del ministro de Hacienda. Innecesaria, para defender el castillo, la insistencia de barones en fustigar lo que es una unánime condena social. Utilizar ese escandaloso asunto para estigmatizar al nacionalismo no creo que sea el mejor modo de ayudar al presidente Rajoy. Tampoco me parece táctica acertada resucitar el enfrentamiento de un bloque autodenominado constitucional con el nacionalista. Lo propició Aznar en el País Vasco. Con independencia de que el PSC no permite al PSOE reeditarlo en Cataluña, aquella iniciativa terminó reforzando al PNV; no pocos vascos lo entendieron como una agresión a su identidad. Mejor, la criticada calma de Rajoy.