Botín

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

11 sep 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

L os banqueros ganan mucho cuando mueren. Debe ser porque descubrimos que son mortales, aunque no lo parezcan mientras les devolvemos la hipoteca. Y eso de descubrir que son mortales los iguala mucho al resto de los ciudadanos. Parecen de los nuestros. Y algo más singular todavía: cuando los servicios de documentación se ponen a refrescarnos la memoria de sus andanzas por el valle de lágrimas, solo encuentran datos a favor y acciones benéficas. Si algún día producen un milagro, como perdonar un crédito a alguien que no sea un partido político, no faltarán voces que pidan al Vaticano su canonización.

A este cronista, por ejemplo, difícilmente se le ocurriría escribir un elogio de don Emilio Botín mientras vivía. Pero ha fallecido, su muerte fue de un impacto tremendo por la falta de costumbre y porque siempre lo habíamos visto pletórico con sus tirantes rojos Santander y su aureola de poder, y se nos ha humanizado. Y por esa nostalgia mágica que provocan las defunciones empezamos a recordar los méritos que tantas veces negamos a los vivos: cómo engrandeció a su banco, cómo lo llevó por todo el mundo, cómo ganó el liderazgo europeo, incluso cómo fue el primero en bajar aquellos intereses de hipotecas que sobrepasaban el 17 por ciento. Hay una rara unanimidad en presentarlo casi como superhombre que derribó fronteras, acumuló capitales y en cierto modo revolucionó ese búnker del conservadurismo que es la banca. Un señor tan parco en los elogios como Mariano Rajoy estuvo a punto de ponerlo a competir con el rey Juan Carlos I por el título de «gran embajador de España».

Este cronista debe decir que sí; que entre la ilustre e ilustrada fauna de los banqueros ha ganado el liderazgo y así lo reconocen quienes competían con él. Es cierto que engrandeció a una de las empresas españolas con más presencia en el exterior. Tuvo visión universal de la jugada y fue el primer banquero global de este país. En lo demás, barrió para casa como cualquier hijo de vecino, pero barrió con una escoba descomunal que se llama Banco de Santander.

Mandó más que la mayoría de los presidentes de Gobierno. Una foto suya con Aznar, Zapatero o Rajoy no le aportaba a él ningún beneficio, salvo la publicidad de salir en los papeles. En cambio, a los presidentes de Gobierno les prestaba autoridad económica y un plus de popularidad. Y, generosamente, les dedicó elogios sin límite. Por hablar bien, habló bien incluso de la política económica de Zapatero, que manda pendello.

Por eso ayer lo lloraron tanto los políticos. Por eso ayer recordaban tanto a esas señoras que tienen diseñado un yerno ideal. Para todos los gobiernos, de cualquier ideología, Emilio Botín era el yerno, perdón, el banquero ideal.