El duelo de ayer demostró que los derbis son partidos muy diferentes. De entrada, me sorprendió sobre todo por el Celta. Tras lo visto en el arranque de la temporada, me esperaba un Celta más intenso y de más presión, sobre todo, sabiendo que el rival venía de sufrir una goleada y que su ánimo podía estar afectado. Sin embargo, el equipo que acostumbra, asfixiante en la presión, no salió a relucir y permitió al Deportivo jugar de forma relativamente cómoda. La intensidad que se había visto ante la Real Sociedad o el Córdoba no se constató ayer en Balaídos en un partido que se preveía así. Los vigueses en la primera mitad pudieron matar el partido aprovechando el tempranero gol de Nolito, pero en un encuentro de pocas ocasiones, no apuraron más el paso y permitieron que el Dépor siguiese vivo.
Posiblemente el Celta se confió en exceso con el 1-0. Sabían que tenían el partido controlado, que el rival no les apretaba ni les amenazaba, y eso hizo que cayesen en la falsa percepción de que dominaban a placer, puesto que a nivel de oportunidades de gol fue un encuentro bastante pobre.
Partiendo de las expectativas que tenía, fue un partido bastante flojo que encontró la emoción en los minutos finales, cuando los coruñeses apretaron con sus balones centrados y el Celta a la contra y a balón parado.
El tramo final del partido, con la entrada en el césped de Jonny para refrendar la defensa, hizo que se viese a un Celta replegado y que buscaba sentenciar a la contra. Eso favoreció la presencia del Deportivo en las inmediaciones del área de Sergio. El de Catoira, sin duda, fue uno de los héroes de la noche. Demostró sangre fría y reflejos.