Pues parece que era que sí. Que lo de espolvorear puestos de trabajo como el que siembra azúcar glass sobre un suculento souflé era verdad de la buena. Que muchos alcaldes, demasiados concejales, conselleiros y hasta un venerable político enchufaron a quien pudieron con un automatismo obsceno que hoy nos sirve para corroborar la desvergüenza con la que el clientelismo ha invadido la médula del sistema.
La página número 6 del periódico de ayer, esa en la que se titulaba a cinco columnas: «Correos intervenidos revelan enchufes de decenas de alcaldes y cargos públicos», debería haber abochornado a mucha gente, a los que lo hicieron y a los que lo consintieron. Sospecho, sin embargo, que el escándalo se quedará en mera tinta y que los señalados seguirán con sus planes y con sus discursos, que el ex conselleiro mantendrá intacta su pretensión de ser alcalde y la ex portavoz continuará siendo diputada muchos años. Pronostico incluso que alguno se confesará estupefacto por la denuncia y hasta exhibirá una nostalgia indecente de los tiempos en los que estas cosas funcionaban como dios manda y al señor alcalde nadie le tosía por colocar al hijo del practicante. Puede que acierten los que reconocen una relación intrínseca e inevitable entre la corrupción y el ejercicio del poder.
Ahí estuvo el viernes Pujol con una advertencia sistémica que ya habíamos escuchado antes en el caso Bankia: ojo con la rama del árbol que cortáis porque peligra el árbol todo. Sobre todo si el árbol está podre. Puede que todo esto sea cierto. Pero siempre nos quedará el desprecio por los adalides de esta democracia de repañota que algunos se empeñan en presentar como la única posible.