Ayer, con octubre instalándose en mi calle, volví a sentir mis pisadas quebrando las primeras hojas muertas que el otoño sembraba a mi paso. Y Loureiro citaba una línea de una carta que Cunqueiro escribió a su amigo Ángel Casal en la que daba cuenta, como yo hago ahora, «que ya puedo decirte que ha venido el otoño».
Y lo digo recordando la canción de Jacques Prevert que popularizó Yves Montand como una de las múltiples bandas sonoras de este tiempo, aunque para mí resulta insuperable la balada de otoño de Serrat en la voz de Mina -«lá dietro la finestra piove, piove...», que es un himno a toda la melancolía que cabe en esta estación declinante.
Los otoños dividen la opinión entre detractores y entusiastas, entre los que consideran que es un fracaso de la naturaleza y los que esperan su llegada para que una suave oscuridad tamice el abanico de ocres y oros viejos que cubren de brisa los paisajes.
Yo soy y no soy partidario. En ocasiones me dejo llevar por una galbana decadente que es como un poema sinfónico que va desgranando una partitura que noviembre escribe sobre los pianos callados. Otras veces maldigo los días gris marengo y reivindico las tardes infinitas de la lejana primavera como una exigencia poblada de urgencias y me consuela volver a los modernistas que amaban el otoño, o reencontrarme de nuevo con Valle-Inclán y su primera sonata cuando Bradomín, mi querido marqués, rememora la nostalgia en una carta perdida de su amada Concha.
O rebusco en la memoria a Juan Ramón, que abanderó el otoño.
No sé, yo quería saludar al recién llegado como hago cada año con ese interés que subraya el paso del tiempo y que miro en el espejo otoñal cada mañana, cuando no evito esquivar mi cuerpo porque en mi mirada ya se instaló ese otoño vital que nace cuando el verano de la vida se escapa despacito, como escondiéndose.
Y lo hago gritándole sin disimulo que lo estaba aguardando y miro al horizonte y veo que la lluvia es un presagio que ha llegado para permanecer, y el caminante anuncia que ya está aquí la estación anunciada y que la luz empalidece en amarillos ajados y leves pardos de raída estameña.
Y el escribidor es un redicho y un antiguo que podía evitar estas piruetas dialécticas, toda esta parafernalia vacua para decir alto y claro que las noches y los días son de otro color, que la vendimia cercena las vides y que las uvas revientan en la boca como cada octubre, ese suave promontorio desde donde se puede divisar esa ajada decadencia del otoño con su sendero infinito de hojas muertas.