La peor de las crisis y la peor gestionada

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Podrán decir lo que quieran, pero la crisis del ébola no estuvo bien gestionada. No lo estuvo, y tenemos derecho a exigir que se corrijan los fallos que se han producido. No estuvo bien gestionada, porque no se preparó a la comunidad sanitaria para una emergencia de este calibre: todo se limitó a un par de charlas informativas.

Hay una denuncia del personal de enfermería ante los tribunales que relata, entre otros fallos, la debilidad de los trajes de aislamiento. Y lo más grave: los médicos que atendieron a los misioneros Pajares y García Viejo volvieron a sus puestos de trabajo al día siguiente de sus fallecimientos. Y, según testimonio de don Máximo González Jurado, presidente del Consejo General de Enfermería, lo mismo ocurrió con las enfermeras, algunas de las cuales estaban trabajando, también al día siguiente, en la unidad de cuidados intensivos del hospital Carlos III.

Todo ello tuvo consecuencias clamorosas. La más grave es que no se ha creado conciencia del peligro entre el personal sanitario. Ni la menor conciencia. La prueba es que Teresa, la enfermera gallega contagiada, acudió al hospital el 30 de septiembre, y le recetaron paracetamol. Y volvió después al propio hospital Carlos III y la remitieron al centro que le correspondía por su lugar de residencia. Y solo se percibió su gravedad después de seis días. Es decir, que falló el diagnóstico. Pero, si el diagnóstico falló, es porque habían fracasado la información y la concienciación del personal.

Y hay que incluir en ese capítulo todas las demás circunstancias derivadas: la ausencia de control inicial de los médicos y enfermeras que atendieron a Pajares y García Viejo, el peligro al que han estado sometidas todas las personas que tuvieron trato y contacto con ellos y, de forma muy especial, con Teresa. Ante ello, ¿cómo no va a haber alarma social? Estos episodios, juntos o separados, son mucho más poderosos que las palabras de tranquilidad de las autoridades sanitarias. Alguien no se tomó en serio, al menos con la seriedad debida, la gravedad de la epidemia. Alguien se refugió en los protocolos y los cumplió de forma mecánica, sin preocuparse por su calidad ni por las precauciones del día siguiente.

Yo no pediré dimisiones por eso. Que las pidan los partidos políticos, que es lo único que saben hacer ante estas emergencias. Pero sí pido transparencia en quienes hablan a la población. Sí les exijo sinceridad, para no ser desmentidos por los hechos, que es lo que crea el pánico entre los ciudadanos. Y sí reclamo que ante una situación como esta se dejen de malditas austeridades y se compre el material adecuado, que se está jugando con la vida de las personas, la tranquilidad de la sociedad y la imagen mundial del país.