Un perro en medio del drama

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

09 oct 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

En el caso del ébola apareció una novedad imprevista: Excalibur, el perro de casa de Teresa y Javier; el «tercer miembro de la familia», como le llamó el marido. En medio de la alarma creada; mientras se investigaban los errores cometidos para el contagio; mientras las empresas turísticas perdían en Bolsa cientos de millones; mientras se afilaban las espadas para las responsabilidades políticas; mientras España se convertía en centro de atención mundial y, sobre todo, mientras era tan incierta la salud de Teresa, Excalibur se convirtió en centro de la movilización internacional.

El hecho merece alguna reflexión, porque hay mucha gente sorprendida y asombrada de ese desvío de las atenciones. Ha venido a confirmar la fuerza de las redes sociales. Provocó concentraciones de ciudadanos ante el domicilio familiar, cosa que no había ocurrido con el contagio humano. Y tuvo un origen también singular: la llamada de socorro de Javier desde el hospital con una autograbación en su teléfono móvil. Todo un fenómeno con efectos impresionantes: durante horas ha sido trending topic mundial y la noticia más leída en las ediciones digitales de importantes periódicos norteamericanos. ¿Más que el contagio humano del ébola? Sí, señores: parece que bastante más. Y, de hecho, estaba entre las diez noticias más leídas de lavozdegalicia.es en la tarde de ayer.

Les confieso que no tengo una opinión decidida sobre este fenómeno. Por una parte, celebro que la salvación de un animal tan entrañable sea capaz de movilizar tantos sentimientos. Entiendo que es atendible la dramática petición de su dueño. Y comprendo lo que significa para ese dueño la pérdida de un compañero tan querido. No hay más que ver las fotos para entender esa relación. Pero, por otra, me da miedo ese aire de rebelión social que ayer estuvo a punto de convertirse en conflicto de orden público. Quienes trataron de impedir el traslado del perro, quizá para su sacrificio, se estaban oponiendo a una decisión judicial. Y me preocupa que el impulso de salvar a Excalibur pueda ser superior a la necesidad de sacrificarlo por su peligro potencial, porque nadie sabe cuánto podría contagiar un perro infectado de ébola. Aunque esto duela a mucha gente, no podemos estar pidiendo al Gobierno la máxima prevención entre humanos y ser laxos ante un perro.

Pues miren ustedes: ahí tenemos un problema. No es el más grave del desastre general del ébola, claro está. Pero es un problema. Me limito a pedir lo más racional: hágase lo que decidan los científicos. Pero, para eso, hay que devolverles algo que los políticos les han quitado en esta crisis con su necesidad de protagonismo y justificación: les han quitado espacio y algo de autoridad.