Herir desde un cargo público

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Desdichadamente, el ébola sigue mostrando su crueldad. Teresa Romero empeoró y con esa noticia se enfría la leve esperanza que había despertado su pequeña mejoría anterior. Espero que no le hayan permitido conocer lo último que se ha dicho de ella desde la Administración pública y que tuvo un reflejo sensible en la portada de La Voz de Galicia de ayer: «La familia de la auxiliar acusa a los políticos de criminalizarla». Un día después, ese titular se podría generalizar: la mayor parte de España acusa a un determinado político de criminalizarla. Médicos, personal de enfermería, partidos de oposición, medios informativos y multitud de ciudadanos han criticado airadamente al consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Javier Rodríguez, por haber dicho (matizado con una «interpretación personal») que Teresa posiblemente mintió.

Hasta eso podíamos llegar, pero llegamos. Este cronista intenta encontrar una explicación a esa ofensa, y solo encuentra una: el consejero Rodríguez quizá quiso decir que Teresa no había dicho toda la verdad en la primera consulta, si es cierto que no confesó que había estado en el equipo que trató a García Viejo. Pero eso tendría que decirlo él, no el cronista. Y, como lo ha dicho, no hay explicación benevolente que valga para el caso. El señor consejero acusó a Teresa de mentir y agravó ayer sus palabras con ese discurso de que no hace falta un máster para ponerse un traje de aislamiento. Pues sí, señor: tal como vimos ayer en el programa de Mariló Montero, y muy bien explicado por quien fabrica esos trajes, no solo hace falta un máster, sino que hace falta una segunda persona que ayude a vestirlo y, desde luego, a quitárselo cuando ya está contaminado.

Pero lo grave de la declaración del doctor Rodríguez sobre Teresa es lo que esconde: esconde esa vil tentación de los poderosos de culpar siempre a la parte más débil para librarse ellos del reproche social. Si Teresa Romero no dijo toda la verdad en la primera consulta no fue, obviamente, para engañar al médico, qué locura es esa. Fue porque no tenía conciencia de su propio peligro. Fue porque no había sido claramente advertida. La mentira es otra. La mentira es la de esos responsables de Sanidad que aseguran que ese equipo sanitario estaba sometido a control de temperatura, como ordenan los protocolos y como nos han asegurado que se hacía.

Son estos pequeños/grandes detalles los que acaban indignando a la sociedad. Y son los que destrozan la imagen de la clase política que, a pesar de vivir en un sistema democrático, siguen teniendo tics de la dictadura, sin sensibilidad ninguna por el sufrimiento de las personas y con manifiesta incapacidad para asumir ninguna responsabilidad.