Provoca escalofríos, terror, sudor frío e indignación que la sanidad española y madrileña estén en manos de dos personajes como Ana Mato y Javier Rodríguez. Y esa sensación se ha multiplicado exponencialmente al entrar el virus del ébola en nuestro país. La primera se entera por los medios de comunicación del estado de Teresa Romero, igual que le pasó con el Jaguar de su garaje y los viajes y confetis que le regalaba la trama Gürtel. Rajoy la nombró y la mantuvo contra viento y marea, en contra de los más elementales usos democráticos. Su incompetencia en esta crisis le ha costado ser relegada, y ha llegado a tal grado que no debería permanecer ni un día más en el ministerio. Lo del consejero de Sanidad de Madrid no es solo incompetencia es chulería, maldad y crueldad, que no solo le descalifican como político y médico, sino como ser humano. ¿Cómo es posible que la máxima autoridad sanitaria de la comunidad criminalice y veje a una trabajadora que se debate entre la vida y la muerte y que se arriesgó por atender a los dos religiosos? Mantenerlo en el cargo es un insulto a los profesionales sanitarios y a todos los ciudadanos. Pero la incapacidad de Mato y la estulticia de Rodríguez no deben servir de pararrayos, de punching ball donde golpear para olvidar la nefasta gestión del caso, que se inicia al traer a dos infectados en estado terminal sin haber puesto los medios necesarios para minimizar los riesgos ni dar la formación adecuada a los profesionales. Y culmina, por ahora, con una increíble sucesión de fallos, negligencias y caos informativo que están creando una gran alarma social. Tras cinco días en los que no se pudo haber hecho peor, la Vicetodo tomó el mando. El daño está hecho, esperemos que no vaya a más.