El 14 de octubre un dron con la bandera de la Gran Albania irrumpió, enviado por los nacionalistas albaneses y manejado por el hermano del primer ministro de Albania, en el partido de fútbol celebrado en Belgrado entre las selecciones nacionales de Serbia y Albania, con Kosovo al fondo. El partido hubo de ser suspendido por el tumulto entre futbolistas. Un primer ministro de Albania no visita Serbia desde hace 68 años.
El 14 de octubre a la tarde en el Gran Teatre del Liceu barcelonés, conmemorando el 15 aniversario de su reapertura tras el incendio de 1994, se dio cita toda la clase dirigente catalana para disfrutar de La Traviata de Verdi. No faltó nadie: Artur Mas, la delegada del Gobierno, Miquel Iceta, el teniente general del Ejército, el presidente del Tribunal Superior de Justicia, el ex presidente del Parlament Joan Rigol...
«Algo debe cocerse en el Liceu para que la gente no quiera perdérselo. El Liceu bullía como hace tiempo que no se veía: en la platea, los palcos, el tercer, cuarto y quinto piso... La sociedad desde todos sus ángulos se daba cita en el Liceu de tots», tal como señala en espléndida crónica Maricel Chavarría en La Vanguardia.
El presidente Mas había comparecido esa misma mañana del 14 de octubre para desdecirse de la consulta del 9-N, hacer pública la ruptura del frente soberanista, abrir los preliminares de la buscada convocatoria electoral plebiscitaria asociada a su supervivencia, y mantener la incertidumbre en esa enrevesada fórmula de consulta ciudadana sin garantías democráticas, al tiempo que escondía la quiebra del bloque soberanista declarando como adversario al Estado.
Algunos cronistas vieron en estos movimientos de retirar, pero no del todo, la consulta convocada y en los emprendidos por Iniciativa per Catalunya y Unió Democrática al menos, una sombra política italianizante, de la que quedó apartada la radicalidad independentista de Esquerra. Otros cronistas reclamaron del presidente Mas, cuando declara adversario al Estado, un mínimo de seriedad y de coherencia, no esos juegos infantiles que enfrentan a la sociedad y desestabilizan al país.
Por más que haya mucha gente en Cataluña que vive en la desafección independentista, si ahora en Madrid y Barcelona tomaran consciencia política del empate político cabría iniciar una etapa que abordase la solución del problema territorial que España arrastra, como ha reivindicado Manuel Cruz, intelectual y federalista proclamado.
Un día después del quiebro en sus posiciones del presidente Mas, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en sede parlamentaria declaró que la no celebración de la consulta el 9-N «abre un camino para hablar, para dialogar y no para tomar decisiones unilaterales».
Quedan difíciles recorridos, pero el problema de la articulación de nuestro país, problema español, problema catalán o problema vasco, existe. Y frente a él tan solo tenemos la política. Quizá también algunos asisados hombres sabios que la ejerzan.