La verdadera medida de la inopia en la que viven el PP y el PSOE la dan sus reacciones de sorpresa y de pánico ante los sondeos que sitúan a Podemos con una expectativa de voto similar a la suya. Resulta cómico verlos correr ahora como pollos sin cabeza anunciando medidas anticorrupción que han sido incapaces de aprobar en 35 años. ¿Qué esperaban? ¿Creían que la ola de indignación contra la ineptitud política y económica y contra la corrupción que recorre Europa iba a pasar de largo por España, precisamente por España, campeona del paro y la cleptocracia?
Resulta ridículo presentar lo que está ocurriendo aquí como un fenómeno sin conexión alguna con lo que sucede en países europeos de nuestro entorno. Y por eso se equivocan el Gobierno y el PSOE, pero también los que creen que en España hemos inventado la pólvora con Podemos. Es obvio que la larguísima crisis y su hija natural, la corrupción, están desguazando a los viejos partidos. Caducos, corruptos y paquidérmicos. Y que son las peculiaridades de cada región las que encauzan la ira popular en un sentido o en otro. No puede ser casual que al mismo tiempo surja en Italia un movimiento como Cinco Estrellas; en Francia se encumbre a una formación como el Frente Nacional; en Grecia crezca imparable el poder de Syriza o que en Inglaterra, Holanda, Bélgica y hasta Alemania emerjan fuerzas antisistema que recogen el cabreo ciudadano. Y si en Francia e Italia, con menos paro y menos corrupción, Marine Le Pen ganó las pasadas elecciones europeas y Beppe Grillo quedó segundo, nada tiene de extraño que Podemos, que entonces acababa de nacer, sea primera fuerza en España.
El denominador común, más allá de que Pablo Iglesias sea mucho más inteligente que Grillo, que Le Pen, que el británico Nigel Farage y hasta que el griego Alexis Tsipras, es el ataque a las respectivas castas políticas nacionales y el desprecio a unos burócratas de la Unión Europea que se comportan como patricios dando de comer a sus esclavos. Otra similitud evidente de Podemos con los fenómenos generados en otros países europeos es su carácter caudillista, camuflado tras una parafernalia asamblearia. Pablo Iglesias no quiere compartir con nadie el poder en su partido. Y no es extraño que así sea, porque cuando uno desciende de Iglesias y del inteligente Íñigo Errejón, el nivel es ínfimo, con planteamientos de parvulario, mal argumentados y peor expuestos. El último paso de Podemos, declararse al margen de la clasificación tradicional entre izquierda y derecha, le equipara definitivamente con el populismo.
Nada de eso le importa a una gran masa de ciudadanos despreciados durante décadas, que olvidan su ideología, si es que alguna vez la tuvieron, y encuentran en Podemos una plataforma desde la que escupir a una casta política que se lo tiene bien merecido. Una inmensa mayoría de sus votantes sabe que Pablo Iglesias no les va a sacar de la crisis. Pero si a un hombre le quitas toda esperanza, se conforma con la utopía.