Cómo frenar a Podemos

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

La pesadilla que atormenta a los dos partidos que nos gobiernan se llama Podemos. La pesadilla que atormenta a millones de españoles se llama pobreza, desigualdad y desempleo. Los primeros culpan implícitamente a los segundos de arrojarse irresponsablemente, alienados por un par de tertulias televisivas, en brazos de la utopía que conduce a la catástrofe. Los segundos descubren cada mañana, estupefactos, cómo en las alcantarillas del poder se repartían el botín, mientras a ellos se les exigían innumerables sacrificios. Agotada su paciencia, su ira se desborda y con ese combustible inflan el globo que amenaza con estallar en las narices del bipartidismo.

Si me han seguido hasta aquí, ya pueden deducir mi sencilla fórmula para frenar la escalada de Pablo Iglesias y sus crecidas huestes: levantar diques para acotar la corrupción y ofrecer una válvula de escape para que el cabreo generalizado tenga salida dentro del sistema. Políticas para atajar la corrupción y políticas para aliviar la situación desesperada de miles de familias. La otra vía, la de quemar al hereje en la hoguera, siempre resulta contraproducente: los mártires arrastran multitudes. Y también injusta, porque no fue Pablo Iglesias quien nombró tesorero a Bárcenas, ni el que puso en marcha la contabilidad fraudulenta del PP, ni el jefe de la última cuadrilla de facinerosos desarticulada. Tampoco fue él, hasta donde yo sé, quien inspiró la reforma laboral, ni el que decretó la devaluación salarial, ni quien proclamó las virtudes de la austeridad destructiva. El problema no es Podemos, sino su caldo de cultivo: esa disolución atestada de virus que en gran medida fermentó en los laboratorios del bipartidismo. Serán, por tanto, PP y PSOE los responsables de regenerar el sistema. O de hundirse con el chiringuito. A ellos les ofrezco de balde, sin royalties, mi fórmula regeneracionista.

Entre las medidas propuestas para combatir la pandemia de corrupción, suele olvidarse la más elemental: la renovación de la cúpula de los partidos manchados. El cambio de líderes bajo sospecha, porque o bien están pringados, o bien miraron hacia otra parte, o bien no se enteraron de la misa la media. O ladrones, o cómplices, o ciegos. Tres posibilidades distintas a efectos penales, pero con parecidas responsabilidades políticas. El presidente de un partido, al que presumimos honesto, pero que no sabe cómo se financia su organización o que desconoce que debajo de su despacho se juega y se roba, queda inhabilitado para abanderar la lucha contra la corrupción. Su credibilidad está bajo mínimos: ¿por qué debemos confiar en que -ahora sí- recobrará la vista y verá lo que antes no veía?

La segunda parte de la fórmula atañe especialmente a los socialistas. El PSOE quemó sus naves en mayo del 2010 y acabó de cavar su tumba el día en que, abrazado al PP, reformó la Constitución en un pispás y cercenó la posibilidad de aplicar políticas anticíclicas. Desde entonces se impuso la receta única y cuando el ciudadano, harto de sufrir los efectos secundarios del brebaje, quiso cambiar de medicación, la farmacia del bipartidismo estaba desabastecida. Y un joven de coleta pasaba casualmente por allí...