Francisco Granados vociferaba su honradez por los platós una noche después de limpiarse restos de sangre de ciervo. Durante la ceremonia de la corrupción se restregaban por la cabeza los testículos de los animales que cazaban, porque hay señores a los que el sistema límbico les cae hacia la entrepierna. Lo más inquietante no eran los festivales en la estepa castellana, si no lo arrollador que Granados resultaba cuando mentía ante las cámaras. Sería apasionante penetrar en su cabeza y averiguar qué mecanismos utilizaba para mentir tan bien, porque cuanto más cerca estaba de ser alcanzado por la verdad, más altanero resultaba, con esa arrogancia básica tan apabullante que hace creíble la bola más aparatosa. Toda esta bazofia en la que andamos últimamente tiene mucho que ver con la mentira. Dentro de cada corrupto habita un embustero, un trolero de esos que niega haberse comido el merengue con las comisuras cuajadas de azúcar. El farsante le lleva una ventaja de varios cuerpos al honesto, que tenderá a ignorar los chispazos que delatan a los cuentistas.
Cuando la historia bautice este período puede que encuentre atinado referirse a nuestro tiempo como la era de los mentirosos. Por eso la gente está indignada con el doble check del WhatsApp que permite saber si nuestro interlocutor ha leído un mensaje y que frustra los escaqueos. Muchos han entrado en pánico al saber que una máquina destapará nuestras excusas cuando estas sean de cartón piedra. Pero qué bien nos vendría tener un chisme de esos cada vez que un Granados vocifera que dice la verdad.