Analizar el fútbol solo con datos es como intentar una autopsia con una estatua de mármol. El fútbol, como todo en la vida, no se entiende únicamente con números. Pero, a veces, ayudan. Y, cada vez más, los entrenadores vienen con un equipo de profesionales de serie que introducen toda clase de estadísticas en los ordenadores para intentar explicar lo inexplicable (¿Artur Mas existe?). ¿En qué estadística se introduce que Cristiano se eche a correr y, entre galgo y gamo, golpee el balón contra la red a la velocidad de un Mercedes? ¿O qué clave numérica tiene que Messi a veces resucite y gambetee entre cinco rivales para dormir al portero con la anestesia de un gol? Claro que esos dos no cuentan, aunque sumar suman mucho. Juegan otra liga, la de la historia. Pero estos entrenadores modernos con gafas de venir de un Ironman en Hawái, como Luis Enrique, sí que creen en los programas de ordenador. Entonces alguien (alguno de sus asesores) le habrá dicho ya a Luis Enrique que lleva quince partidos oficiales (once de Liga y cuatro de Champions) y ha sacado once defensas distintas. Hay más. Ha variado hasta cinco veces las parejas de interiores en el medio del campo. Y en la delantera hasta siete veces le ha cambiado a Messi los compañeros de cacería. También juega al truco o trato con los dos porteros (Bravo, en Liga, y Ter Stegen, en Europa). ¿Será que el alemán maneja más idiomas? Acertar una alineación del Barça es como completar línea para bingo.