Cómo perder las elecciones

Laureano López
Laureano López CAMPO DE BATALLA

OPINIÓN

30 nov 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Salvo la excepción pontevedresa (de la que el BNG sigue sin tomar nota: los votos a Lores no tienen nada que ver con el soberanismo ni las banderas), la macroencuesta de Sondaxe habla del fin de las mayorías absolutas en la ciudades. La demoscopia aventura gobiernos cuasi imposibles en los que la construcción de aceras y el alumbrado público, que son la auténtica ideología de las urbes, corren el riesgo de quedar relegados a un tercer o cuarto plano. La macropolítica se impone a la micropolítica.

El efecto Podemos es aplastante a pesar del anuncio de Pablo Iglesias de no presentar candidaturas propias. Quizás no lo hace tras tomar nota del último experimento Beiras, quien se presentó en coalición con Izquierda Unida a las autonómicas y le faltó crispación ciudadana para derrocar al PP (su objetivo número uno, dicho por activa y por pasiva y, en consecuencia, su primer fracaso). Después, la historia de AGE acabó como acabó: con un diputado en Dinamarca y otras dos en el grupo mixto; con Beiras cautivo de sí mismo y desarmado incluso por los suyos, y con un sucesor que, al paso que van las cosas, va a gestionar como herencia la nada. El líder de Anova pasó del podemos al somos incapaces a una velocidad de vértigo, porque hasta de las salidas de tono, si es que algún día aportaron algo, llega a hartarse el público. Pero el fracaso de esa alternativa no ha amortiguado la creciente ola de rechazo hacia el PP y hacia el PSOE. Ellos solos sembraron la semilla de Podemos.

Parafraseando al escritor W. G. Sebald, la encuesta de Sondaxe refleja la historia natural de la desafección. Refleja, en fin, que los dos grandes partidos no han hecho lo suficiente para acabar con la corrupción ni con la crisis, que no han dado cumplida respuesta ni a los pequeños ni mucho menos a los grandes problemas de la gente, que son muros de cemento incapaces de amoldarse a las necesidades y a las exigencias de una sociedad que dice basta, que no son capaces o no quieren desprenderse de sus lastres. Refuerzan así a un Pablo Iglesias que se ha limitado a decir lo que muchos quieren oír -otra cosa es lo que pretenda hacer, el caso es que los que pudieron hacer algo no lo hicieron- esperando a que los demás caigan por su propio peso. Con todo, y quizás porque es imposible gobernar en, por ejemplo, Ourense, desde el barrio madrileño de Vallecas, porque parte del electorado no ve claras las intenciones de Podemos (en realidad, seguimos sin saber cuáles son), porque algunas de sus anunciadas medidas asustan a amplios sectores de la sociedad y, sobre todo, porque en las elecciones locales se vota más a las personas que a las siglas, el PP y el PSOE mantienen aún parte de su hegemonía en la mayoría de las ciudades, lo que les concede cierto margen de maniobra para intentar cerrar la brecha que ellos mismos se han abierto en canal. Claro que parecen empeñados en no hacerlo.