Siempre dijimos que las ventajas de un Estado autonómico pasaban por una mayor proximidad al ciudadano, identificación con el territorio y una mejor resolución de los problemas. Pero no. La gran ventaja del sistema autonómico nuestro es que cada año, al llegar estas fechas, sus presidentes nos ofrecen unos mensajes que llevan nuestras vidas a la felicidad.
Como las apariciones del rey y Rajoy nos dejaron ansiosos y hambrientos de directrices, los presidentes autonómicos se apresuraron a decirnos lo que ellos hicieron y lo que los demás tenemos que hacer. No es que tengan una pasión loca por las apariciones televisivas, ni que no dispongan de oportunidades el resto del año, es que las fechas lo demandan.
Y así vimos cómo Feijoo nos llamó a batallar para limpiar la vida pública (que bien podemos decirle que el que la ensució, que la limpie); o cómo Urkullu volvió a dar la matraca con la política penitenciaria. Monago prometió empleos, que es lo habitual; Fabra nos advirtió que no es momento para revoluciones; Susana llamó a solucionar el desafío catalán y Mas, que es el más práctico, pidió el voto. La señora Cospedal arremetió contra los de la coleta, que es lo suyo.
Dado el éxito de estas apariciones en plasma al acabar cada año, deberíamos de plantearnos ampliar el abanico. Y que también los presidentes de diputación, alcaldes, tenientes de alcaldes, consejeros, asesores y algún amigo destacado, pudieran guiar nuestras vidas ante un nuevo año. Estamos muy desorientados y precisamos que nos guíen. Y además, los hacemos felices, que es de lo que se trata.