Según he leído en la prensa, investigadores de una universidad andaluza han logrado medir de una forma científica el «duende» flamenco, utilizando para ello la termografía de última generación. Los científicos, pertenecientes al Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento, han determinado, mediante diversos experimentos, la huella térmica del «duende» flamenco, un criterio objetivo que permitiría discernir qué bailaores lo sienten realmente y cuáles no.
Los resultados demostraron que al bailar flamenco y concentrarse en sentirlo, las bailaoras experimentan un estado que se define como «estrés empático», con un descenso significativo de dos grados en la temperatura de su nariz y glúteos, algo que también ocurría, pero en menor medida, cuando miraban una grabación de flamenco. No dudo de la utilidad de la investigación, pero no me negarán que merece un comentario.
Como siempre se ha dicho que España es un país de contrastes, lo primero que deberíamos preguntarnos es si este patrón de variación de la temperatura de los glúteos se produce en todos los bailes de las diferentes comunidades. Dicho de otro modo, si a todo el mundo se le enfrían lo glúteos al bailar una sardana, una jota aragonesa o un pindango extremeño, o si en unas comunidades sube la temperatura del trasero y en otras baja.
Lo segundo, mucho más relevante, es qué nos ocurre a los gallegos cuando bailamos una muiñeira con mucha concentración. Mi impresión, no probada, es que a nosotros nos asciende la temperatura de los glúteos de manera significativa, además de sudar; lo podemos comprobar en la fiesta de cualquier pueblo. Puede tener que ver con nuestra dieta, con el clima o cualquier otra cosa, pero la termografía demostrará que no somos un país de nalgas frías.
Además de esto, nosotros no experimentamos un «estrés empático» sea eso lo que sea; lo que nos ocurre es que la muiñeira cansa mucho más que un fandango. Puede que en alguna fiesta demos la impresión de estar poseídos por un duende, pero nuestra empatía se manifiesta con el camarero que nos sirve las cervezas. Lo he comprobado, a los gallegos se nos calientan las nalgas al bailar y por eso queremos las cervezas muy frías.
¿Se imaginan que el estado de las autonomías se rigiera por la temperatura de los glúteos de nuestros políticos? Si así fuera, nuestras afinidades y diferencias serían una cuestión puramente térmica: bastaría enfriar las nalgas del presidente catalán, o calentar los glúteos de Monago, para solucionar las discrepancias.
Sin duda, somos un país de contrastes, pero nunca pensé que la clave fuera la temperatura de los glúteos tras echar unos bailes.