El presidente de la Generalitat acaba de sacar un nuevo conejo de la chistera al convocar, con una rara anticipación, elecciones para el 27 de septiembre. Ha sido una solución de compromiso partidario y desde ahí habrá que entenderla. A Mas le interesaba agotar el mandato para continuar la incipiente mejoría de CiU por el 9-N frente a ERC, que presionaba por la inmediata celebración de las elecciones en clave de plebiscito a favor de la independencia. La argucia dialéctica consistió en formular unas exigencias que, en parte, fueron aceptadas por ERC. Ninguno de los dos quería aparecer como responsable de romper el frente soberanista. Mas, que necesita de ERC para que se aprueben las cuentas en el Parlamento y para no tener que comparecer por el caso Pujol, gana tiempo. No faltará quien piense, y puede ser verosímil, que esta decisión de Mas es un paso más en su huida hacia adelante, con un final imprevisto. Algo así como un adelantamiento peligroso que obliga a otros, con aceleraciones cada vez más arriesgadas hasta la catástrofe. Qué puede derivarse de la última pirueta.
De entrada, se ha evitado el peligro de que, a la desesperada, Mas hubiese convocado ya elecciones. Pienso que no darían como resultado un Parlamento muy distinto del actual. Cualquiera que fuese la participación dudo mucho que se emitiesen votos suficientes para el cambio, teniendo en cuenta los partidos en liza. Los meses que faltan hasta la celebración de las ahora convocadas, con elecciones municipales por medio, es mucho tiempo y complicado. Pero es el que resulta decisivo para inclinar en uno u otro sentido el que probablemente es el problema político más importante que tenemos. La última decisión va a estar en la voluntad de los catalanes. Si como parece, Mas y Junqueras han acordado que cada uno de los partidos que lideran lleven en sus programas el objetivo independentista, las elecciones expresarán una voluntad que puede reafirmar o cambiar lo manifestado en el irregular 9-N, llámense plebiscitarias o no, en cuya calificación no merece la pena entretenerse. Lo serán para los soberanistas si le son mayoritariamente favorables.
Cómo estarán las formaciones políticas que concurran a las elecciones. Cómo se comportará el electorado tradicional de CiU. Qué influencia puede tener para cambiar la orientación actual de sus dirigentes. La presencia de Podemos, como parece viene ocurriendo ahora, atraerá votos de la izquierda no nacionalista y siempre pueden surgir extraños compañeros en la política. Ese es el campo, erizado de obstáculos e interrogantes en el que el Gobierno ha de actuar, para lo que no le faltarán ayudas. El apremio del tiempo, si se juega adecuadamente, puede ayudar a que se pronuncien los que se abstuvieron el 9-N, porque tal como van a plantearse, esas elecciones son trascendentales, aunque no impliquen la secesión. Por eso, a estas alturas tachar a Mas de incapaz de gobernar por haberlas convocado no conduce más que a exacerbar su ego.