Tenía razón quien dijo, desde estas páginas, que nos merecíamos un robo mejor. No sé si con celos, engaños o pasiones desbocadas, pero si con algo más de intriga. Que tan valioso documento haya acabado aparcado en un garaje envuelto en una bolsa de plástico es solo un símbolo de este episodio, que el Códice no haya viajado más allá del Milladoiro, adonde, con toda probabilidad, llegó en el autobús urbano, nos muestra lo cutre del hurto.
Es irrelevante que el sospechoso confeso sea un electricista, podía haber sido un representante de pan ácimo o de vino de misa. Tampoco importa si se trata de una venganza sobre el deán o de disputas entre miembros catedralicios, lo realmente sorprendente es que el guion no esté escrito por Woody Allen: Toma el Códice y corre.
Pero esta historia de comienzo cutre tiene todavía muchos elementos que incrementarán su leyenda. La policía ha declarado que el presunto ladrón pensaba guardar la joya debajo de los ladrillos y esperar a que escampara, como hacemos los gallegos. La construcción está en nuestro ADN y este buen hombre nos ha mostrado, con claridad meridiana, que nuestras vergüenzas suelen ocultarse en el ladrillo.
Vaya por delante mi admiración por la policía y el gremio de electricistas, ambos nos alumbran en muchas ocasiones; no duden tampoco de mi respeto por nuestras autoridades eclesiásticas. Sin embargo, convendrán conmigo que, a todas luces, este robo no ha estado a la altura del manuscrito; es como dar un golpe en un banco y llevarse los impresos de las transferencias o el edredón que te regalan con la nómina.
Ahora, tal como se titulaba hace unos días, obispos, tenderos, policías y un relojero testificarán en el juicio del Códice. Han aparecido amenazas con palos, sicarios marroquíes de trescientos dólares, y han salido a la luz las finanzas de la catedral convertida en una especie de banco malo. Mientras tanto, el presunto ladrón espera en el banquillo, con aspecto ausente, que ocurra como en El libro de los Milagros, en el que la intervención del Apóstol liberó a un negociante de la cárcel.
Hasta hace un año poca gente, no experta, conocía la existencia del Códice Calixtino y, menos aún, lo visitaba. Al parecer está lleno de texto y, a pesar de ser la primera guía del Camino jacobeo, no tiene fotos. ¿A quién podía interesar? Sin embargo ahora, el presunto ladrón ha encendido una luz sobre esa joya y, aunque su futuro sea oscuro, debemos reconocer que pasará a la historia.
Como los lectores habrán podido imaginar soy un auténtico lego en cuestiones de derecho. Sin embargo, si de mí dependiera, pediría a los jueces que en vez de celebrar el juicio por la vía penal lo hicieran por la vía penosa porque, volviendo al principio, el Codex se merecía un robo mejor. ¡Que Calixto me perdone!