La última entrega del CIS no es una foto de lo que será la respuesta de los ciudadanos en las elecciones de este año; pero fija ya una tendencia. Cualquiera que sea la apreciación que se tenga respecto de la fiabilidad del sondeo, parece que a estas alturas resultaría imprudente no tenerla en cuenta. El CIS no es un espejo, aunque los partidos políticos concernidos intenten con frecuencia considerarlo como tal: plano si la imagen que se contempla es positiva o, con más frecuencia, cóncavo o convexo según convenga a sus propias aspiraciones. No hace falta, por tanto, entretenerse en analizar los concretos números y porcentajes, sino tomar conciencia de lo que aquellos proyectan en conjunto. Algún síntoma de esto último es el incipiente interés que ha suscitado fuera de nuestro país. La tendencia afecta especialmente a los dos partidos que se han alternado en el gobierno de España. La clasificación derechas-izquierdas, que debería haber perdido relevancia, va a recobrar vigor. Por más que el fenómeno Podemos insista en su transversalidad, algunas de sus concreciones y, desde luego, sus partidarios proceden de la izquierda militante o son votantes que, no habiendo formado parte de ella, han votado, salvo excepciones, en ese sentido. La tendencia sugiere que su objetivo es ocupar ese espacio mayoritariamente. Se ha dicho que empieza a ser valorado como el voto útil de la izquierda. IU es la presa más próxima a engullir. Quizá no desaparezca, pero la que se salve, como puede ocurrir a formaciones nacionalistas, su objetivo consistirá en resistir con sus leales.
El desplazamiento del PSOE de las dos posiciones que ha venido ostentado durante todo el período democrático ha levantado una cierta alarma. La audaz decisión de la presidenta de Andalucía habrá que entenderla en esa clave, más que en la de una lucha interna: superar a Podemos. Lo que resulte será muy significativo para el PSOE, tanto si tiene mayoría absoluta como si solo es mayoritario y, en este caso, quién favorezca su Gobierno. No deja de serlo también para el PP. Dejar de ser el más votado se sumaría al retroceso muy probable en Cataluña y el probable en el País Vasco. Desde fuera, da la impresión que el candidato seleccionado para Andalucía no supone un plus para el partido, como lo es su rival. Una apuesta comprometida con consecuencias para las elecciones generales.
El sondeo del CIS ofrece un dato también significativo para el PP. Más que el trasvase de votantes a otros partidos, lo llamativo es el descenso de quienes se manifiestan a su favor. La tendencia persiste en los sucesivos sondeos. El objetivo declarado es la recuperación de esos votantes. No pocos de ellos, como ha habido que reconocer, se deben al incumplimiento del programa electoral en lo que constituía una diferencia ideológica respecto de sus competidores. Se confía en que al final no tendrán más remedio que votar a favor. De mayor calidad democrática es responder a las causas de la desafección.