Zenobia y Juan Ramón

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

08 mar 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Desde que vi por primera vez a Zenobia Camprubí, en una fotografía que publicaba La Nueva Estafeta, allá por los años setenta, decidí entregarle mi corazón. Por eso le cogí tanta manía a Juan Ramón Jiménez. Zenobia y yo no coincidimos en este mundo por los pelos, pues murió un año antes de que yo naciera, pero en aquella foto me miraba inequívocamente con la expresión feliz de quien todavía tiene todo por vivir. Era moderna cuando ser moderno significaba ser valiente, como Karen Blixen o las hermanas Ocampo, por ejemplo. Luego supe que Juan Ramón se enamoró de ella a través de su risa, que oía tras el tabique de la habitación de la Residencia de Estudiantes. Cuando se casaron, el poeta pasó a ser absolutamente dependiente de su mujer, que tuvo que renunciar a tener una vida propia, en lo que a mí se me antojaba una suerte de violencia de género. Se dice que por culpa de Juan Ramón, que quiso regresar de Nueva York a Puerto Rico, no recibió la atención a adecuada para combatir el cáncer que la mató, cosas de la vida, a los dos días de que el poeta de la jota recibiera el premio Nobel. Juan Ramón, sin ella, solo duraría dos años más. Lejos quedaba el deslumbrante Diario de un poeta recién casado. En Cuba, hace ya algunos años, me compré los las traducciones que Zenobia había hecho de Rabindranath Tagore, que Juan Ramón devotamente le prologaba, y una antología de poetas cubanos que este había reunido en 1936. Hoy se estrena La luz con el tiempo dentro, la vida de ambos. Veremos.