Aquí no vale la máxima de don Camilo de que el que resiste gana. Aquí el que resiste pierde y se va derechito al cementerio. Porque con condenas, buenas intenciones, palabras de ánimo y llamadas a la unidad no vamos a solucionar el problema. La amenaza yihadista es una realidad que requiere de algo más que buenas intenciones y propósitos.
Y, sin embargo, las actitudes son las mismas cuando el cajero de un banco salta por los aires que cuando el Estado Islamista degüella a sirios y afganos o lleva a cabo la primera matanza contra Occidente como acaba de hacer en Túnez. Las reacciones no pasan de lo protocolariamente correcto sin abordar en toda su extensión la terrible amenaza yihadista que pone en grave riesgo la ya débil convivencia mundial.
Los tratamientos para esta epidemia no son sencillos; es cierto. El azote terrorista yihadista es cruel, universal y despiadado; tanto que convierte casi en una comunidad de angelitos a Al Qaida, y a los etarras, en vulgares y cobardes asesinos. Estamos empezando a conocer lo que es el terrorismo global; el despiadado y sanguinario terrorismo de unos sádicos fanáticos. Empezamos a saber lo que es el más inhumano e insoportable comportamiento humano. Pero con lo apresurados que somos para otras cosas, resulta llamativa la ausencia de iniciativa más allá de palabrería florida.
Algo deberíamos hacer antes de que nos exterminen, pero aunque tenemos la amenaza a la vuelta de la esquina, nadie nos ha dicho aún cómo van a proceder para defender nuestras vidas. Será que están muy atareados por combatir a Grecia y Venezuela. Que esos sí que son un serio peligro y lo que los trae de cabeza.