El primer eclipse de sol del que fui testigo, hace más de medio siglo, ocurrió en la selva peruana, en una gran fortificación prehispánica, El Templo del Sol, que era palacio del gobierno del Inca. Hasta allí me había llevado Tintín, que iba en busca de su amigo el profesor Tornasol, al que se acusaba injustamente de robar la pulsera de la momia de Rascar Capac. Fue un eclipse grandioso y emocionante, que nos salvó a todos de la muerte. El siguiente, muchos años más tarde, cubrió el cielo de Galicia, que recuerdo con una luz fantasmal. El viento se paró y se callaron las gaviotas. Fue más pacífico y a ese también sobrevivimos. Y el tercero, ya lo saben ustedes, antes de ayer. Un poco birrioso, la verdad, porque entre las nubes y las gafas de no ver, quedó la cosa bastante pobre. Y yo creo que la culpa de este fiasco la tiene el Gobierno, que es el que debe regular esas cosas.
Con lo de las estrellas -el sol, la polar, Rigel, Justin Bibier- uno se da cuenta de lo pequeños que somos y lo lejos que estamos del meollo. Uno tiene la sensación de que nos lo estamos perdiendo todo. También, cuando el sol se apaga, que nuestros abuelos de hace solo un siglo no tenían electricidad y usaban el fuego como los hombres de las cavernas. Y que el fuego trajo a los dioses y los dioses a Cáritas y al Partido Popular, pero también al Estado Islámico y al Ministerio de Hacienda. Por eso cuando el eclipse se acaba uno piensa con cierto alivio lo mismo que José Luis Cuerda: Amanece, que no es poco.