Qué duda cabe, como diría el pensador presocrático Arsenio, el sabio entrenador del Dépor, que la comunicación es fundamental en la política. A una deficiencia en la comunicación recurren en ocasiones los partidos políticos para explicar resultados electorales insatisfactorios. De ella se ha echado mano en el PP, después de la faena de aliño para quitarse de encima la obligada referencia al hilo de conocerse los de Andalucía. Ya lo dijo Núñez Feijoo con agudeza presocrática: si no nos entienden, hay un problema. La cuestión estriba en qué se entiende por comunicación. El problema no está solo en el cómo, también en el qué y no se reconoce; a veces proviene de quien comunica. No hay entendimiento posible, si se habla un lenguaje distinto del destinatario; tampoco, cuando siendo el mismo, el otro no lo oye o no quiere escuchar, que de todo hay. Es evidente que algunas expresiones durante la campaña andaluza no han sido felices y se han aparcado. El examen ha de ir más allá si quiere evitarse caer en el autoengaño. Cómo es posible que una mejoría económica y un prestigio internacional, España junto a Alemania tiran del carro europeo, que publican los periódicos en algunos casos con singular euforia no sea entendida, al menos por quienes votaron mayoritariamente por Rajoy y el PP. No ha sido precisamente adversa esa comunicación. Qué más puede hacerse para que cale. La primera solución a que se acude es que los militantes lo reiteren hasta el machaqueo. Puede ser como pronunciar en voz más alta el castellano a un extranjero que no conoce el idioma.
Haría bien Rajoy en ahondar en el examen, porque al final todo lo negativo va a recaer en él. Quién propuso al candidato a la presidencia andaluza, por qué un paracaidista del aparato tan tarde. Es el líder que sale peor parado en las encuestas, lo que objetivamente no encaja con ser candidato a la presidencia del Gobierno en las elecciones generales, y el PP no tiene recambio alguno. Quizá la mejora de la comunicación debería empezar por él mismo. Retomar una parte positiva de su temperamento. La determinación quedó comprobada y, de qué manera, en recortes y en leyes que subrayan autoridad con la invocación de la seguridad. Su asignatura pendiente, que no se la van a aprobar sus colaboradoras y barones, es atraer directamente la benevolencia de los ciudadanos, que no surge como necesaria conclusión de un razonamiento matemático. Ahora se llama empatía; en el mundo clásico compasión, padecer con.
Desde esa perspectiva serían mejor recibidas las nuevas medidas de carácter social que se presentan como descarnados reclamos de votos. Ir de campeones impolutos produce rechazos.
Más que intentar que el ciudadano reconozca lo bien que se ha actuado, como buscando el agradecimiento en forma de voto, habría que intentarlo, con un poco de humildad e incluso de disculpa por no haber podido hacer más. Lo siento por Rajoy, porque, al final es él quien resulta responsable de todo.