El día que Juan Carlos Monedero fue bautizado como el Guerra de Podemos era difícil cheirar que la comparación escondía una maldición imprevisible. El de Podemos fue un parto efervescente y su concepción la consecuencia de una noche de sexo salvaje sin profiláctico entre un sistema con el vigor descontrolado y unos ciudadanos amedrentados por sus embestidas. Como Jean Harlow, Monedero vivió deprisa y por eso su cadáver conserva la lozanía confusa de quien muere demasiado joven. El síntoma más evidente de los tiempos es la velocidad y la primera víctima de sus efectos ha sido el lugarteniente de Iglesias. El proceso está siendo tan supersónico que cuando acababan de apaciguar el acné han empezado a pelearse con el pesadísimo ronroneo de un reuma precoz. Lo que a González y Guerra les llevó diez años, Iglesias y Monedero lo han apurado en diez meses. Antes, los camaradas empollaban sus desencuentros a base de pellizcos de monja que iban irritando al compañero con la cadencia espesa e irreversible que solo albergan las relaciones que parecen eternas. Pero Monedero sufrió una desilusión casi súbita, como la que acompaña la intensa preparación de una ruptura adolescente, tan apasionada como perecedera.
Puede que el asunto Podemos sea la primera manifestación de un síndrome que acabará convirtiendo la política en un asunto irrelevante. Todo se ha vuelto tan emocional que los llamados a cambiar un sistema hostil sucumben prematuramente en una pelea de sentimientos. Podemos tiene que resolver ahora su paradoja: renegó de las ideologías pero su primera gran crisis es exactamente una pelea ideológica.