La Feria del Libro de Madrid se extiende por el parque del Retiro como una serpiente a lo largo de casi mil metros. En Madrid se utiliza la feria para inaugurar el verano y achicharrar a los visitantes incautos que se dejan caer por allí. El Retiro en realidad es un inmenso campo de entrenamiento de los maratonianos y los ciclistas, que estos días son desplazados a la reserva y persisten en correr como kamikazes. Uno no sabe bien lo que pasa cuando ve un inmenso ratón o una gallina firmando libros y se preocupa porque tal vez el habitante del interior del bicho muera deshidratado allí mismo ante sus ojos. Los que firman en las casetas suelen ser actores o actrices, cantantes, titiriteros, algún nuevo político mareado, de los que han cambiado los libros por las inteligentísimas series norteamericanas de televisión. Escritores casi no. Los autores que figuran en las cubiertas de los libros tienen nombres extranjeros, nórdicos, rumanos. A los autores españoles hace tiempo que editores, libreros y lectores los han expulsado del mercado. Quedan, claro está, los elefantes blancos, pero se están haciendo viejos. Es España, no se sabe bien por qué, se lee a rancios autores ingleses decimonónicos que ya no se leen en Inglaterra. En Inglaterra leen a sus autores actuales. Vamos, lo normal. La Feria del Libro de Madrid, que ya es casi octogenaria, tiene más vida que nunca, una vida cada vez más frívola y superficial. Porque, desengañémonos, para comprar libros ya están las librerías.