El mapa del poder y los cambios de Rajoy

OPINIÓN

15 jun 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

El mapa del poder que dejaron las elecciones refleja un cambio notable. El PP ha sido el más votado, conserva un suelo resistente; pero sería un grave error no reconocer que ha sido el gran derrotado. Lo que ha sucedido revela que el distanciamiento respecto del PP es más profundo de lo que los augures creían. Hace un año resultaba impensable que en las próximas elecciones los cabezas de cartel puedan ser Rajoy e Iglesias, como ha lanzado el primero con una evidente intencionalidad de influir en el máximo número posible de los votantes. Ese planteamiento da a entender que lo que ha ocurrido prefigura la tendencia hacia un fin de ciclo. Ya no se trata de la alternancia conocida entre socialistas y populares con ayudas transitorias o puntuales. Lo que está cociéndose es la confrontación radical de dos posiciones que no se ha producido desde la vigencia de la Constitución de 1978. El planteamiento es meridiano en Podemos; por sus palabras y sus actuaciones. Aunque no fuere el más votado, extrapolando las elecciones recientes, será determinante para la amalgama de «todos contra el PP». El comportamiento actual del PSOE lo avala. Que impidiera en el pasado el Gobierno del PP no tenía entonces más consecuencia que comprobar su acierto o desacierto en las siguientes elecciones, de lo que tenemos un ejemplo cercano en el bipartito. Con lo que ha sucedido hay pie para concluir que se va camino, en efecto, de la apertura de un nuevo período constituyente.

Ante el panorama que se avizora resulta frívolo o superficial responder desde el PP con manoseadas recetas dialécticas que no hacen más que alejar a personas de generaciones no ya tan nuevas. Se piden cambios. De entrada, después de los resultados electorales no existe ningún mirlo blanco en el PP para sustituir a Rajoy, por más que se empeñen algunos columnistas. Es el momento del presidente, de su responsabilidad ante la historia, para ejercer un liderazgo no condicionado por equilibrios de partido. No hay tiempo para muchos cambios y los que puedan llevarse a cabo deberán, en pura lógica, orientarse hacia el futuro. Se vota por lo que se piensa que puede hacerse; por lo hecho, en el mejor de los casos, se agradece.

No parece que sea viable cambiar la estructura del Gobierno por lo que se refiere a la dualidad Economía-Hacienda, que no fue acertada, y cambios puramente cosméticos o secundarios, a estas alturas, tienen poco valor. Otros de más calado quizá lo tendrían. Acudiendo a la lógica, quienes han perdido las elecciones deberían dimitir o ser invitados a ello. Esa regla no puede alcanzar al presidente del Gobierno; pero sí podría aplicarse, en su lugar, a la secretaria general del PP y a la vicepresidenta del Gobierno. Un símbolo de novedad en la última etapa, para la que el PP no necesita argumentos enlatados. Tal como se presenta la confrontación, como una alternativa excluyente, sobre los ciudadanos se carga la responsabilidad de elegir; sin matices.