A la búsqueda de El Dorado constitucional

OPINIÓN

27 jul 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Se busca fuera de la Constitución de 1978 El Dorado en el que van a remediarse todos los males del país. La corrupción, el paro, el descrédito de los partidos políticos mayoritarios, las desigualdades sociales y, por supuesto los desahucios, cuya denuncia ha valido para catapultar al poder municipal a formaciones emergentes, no tienen su causa en la Constitución. Algunos de los motivos del malestar ciudadano proceden, al contrario, de actuaciones que no son conformes con ella. La Constitución no es obstáculo para que el discutido sistema de representación proporcional se concilie con el mayoritario como se pretende ahora y la cláusula social del Estado democrático de Derecho tiene una virtualidad que, en modo alguno, ha sido agotada. Por qué buscar fuera de la Constitución de 1978 la solución a los problemas que ella no impide. Se comprende esa búsqueda en los independentistas para quienes la Constitución no les sirve. También en Podemos cuyo líder la despide, con medidos elogios, porque el pacto constituyente que la generó debe ser sustituido por otro que esté libre de las gangas de la transición que trajo libertades, progreso y reconocimiento internacional. En realidad, el horizonte que acaricia es el de un régimen político distinto, cuyo alcance no concreta. La estructura del Estado diseñada en la Constitución permite encontrar una solución a la cuestión catalana recalentada por los Mas y Jorqueras. No es necesario acudir a la fórmula del Estado federal en la que vienen insistiendo PSOE y académicos. Dejando a un lado que a él se corresponde el café para todos no previsto en la Constitución, convendría recordar la azarosa consolidación de la pionera democracia americana porque existen singularidades con síndrome confederal, que se resisten a la igualdad federal rechazada en 1931 y en 1978, a las que había que dar una solución. A ello respondió el debatido término «nacionalidades» que para sus promotores equivalía a «naciones sin Estado». Su contraposición con la «indisoluble unidad de la Nación española», lleva a un callejón sin salida. El mismo artículo la describe como patria común. Poner el acento en esa expresión constitucional puede proporcionar la clave para salir del laberinto sin abandonar la Constitución. Es el espíritu que anima la solución jurídica del Estado. Dentro de su unidad implica la realidad de ligazones singulares, también colectivas. Es un querer convivir en una unidad más amplia, lo que niegan los separatistas y ponen en riesgo quienes hartos dicen que se vayan. Era común a los confederados y federalistas de la Unión. Desde esa perspectiva resulta normal decir al mismo tiempo Patria Galega y Nazón de Breogán en el día nacional de Galicia o de Galiza. En ese sentido, por qué obstinarse en no reconocer la singularidad constitucional de Cataluña. Para la del País Vasco, de raíces históricas, la solución puede venir de la Corona, sin acudir a federalismos ajenos.