La cabina

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

A veces la memoria deshoja una página olvidada del gigantesco archivo de lo vivido. A una leve señal se activa el cajón de sastre de los recuerdos guardados y la noticia leída se convierte en crónica.

Me sucedió al enterarme de que las entrañables cabinas telefónicas que salpicaban nuestro paisaje urbano están en extinción acordada. Las 26.000 que todavía sobreviven tienen fecha de caducidad: diciembre del 2016.

Y viajas a caballo del pensamiento sentimental hasta la plaza grande de la televisión y buceas en el mar de las sensaciones amables y de nuevo activas la película angustiosa de Antonio Mercero con un José Luis López Vázquez apresado, engullido en una cabina telefónica como un Jonás de opereta cautivo en el vientre de una ballena insaciable.

Y vuelve el desfile de los días idos y la imagen de un locutorio telefónico en un pueblo del norte llega nítida, y en la sala de espera escuchas a la operadora que solicita una conferencia con A Coruña, mientras anuncia que la llamada con Madrid tiene demora, y suena en tu bolsillo el smartphone que te devuelve a la realidad y es solo un pitido anunciando un nuevo mensaje de Facebook que llega desde la fábrica de noticias falsas del otro lado del mundo. Y calculas el paso del tiempo y el saldo resulta, como no podía ser menos, desfavorable.

Las cabinas telefónicas de las calles y las plazas forman parte de nuestro patrimonio, como las estatuas de los parques o los álamos de las alamedas. Son una tabla de salvación, el mensaje esperado lanzado a un océano imposible en una botella radioeléctrica o como se llame ahora. Hay que dejar su testimonio en el paisaje de las ciudades como quien erige un monumento a Edison o Graham Bell, un lugar desde donde poder susurrar un «te quiero» a una novia lejana, o compartir una noticia feliz, o la que nunca hemos querido escuchar al otro lado del auricular.

Hay ángulos en las calles, esquinas en las plazas y parterres en los jardines en los que no molesta la cabina, el poste telefónico que nos lleva a las citas ciegas o a las películas de espías.

No tienen por qué ser rentables, para eso ya está la casa madre, las compañías telefónicas que revientan los beneficios del Ibex. Ni siquiera deben ser iconos rojos en el paisaje, casitas individuales y acristaladas como en Gran Bretaña. Nuestras humildes cabinas ibéricas, escuálidas y colgadas de un poste mínimamente protegido, son señales de un tiempo que narra la esencia de lo que fuimos.

Cuando comenzó este siglo todavía joven había en España más de cien mil cabinas telefónicas; transcurridos apenas quince años se anuncia su abolición, se decreta su muerte, comienza su agonía.

Para ellas mi homenaje de papel ahora que llevamos en el bolso o en la americana una cabina liliputiense, que cuenta en dónde estamos, los pasos que hemos caminado, la temperatura del día y en dónde además podemos leer los mensajes más apasionados y los poemas más tristes que fue dejando la literatura aunque estén escritos en ciento cuarenta caracteres. «Le pongo, no cuelgue», ¿recuerdan?