En Los que se fueron, una novela publicada en 1957, cuenta Concha Castroviejo -la hermana de José María, el amigo de Cunqueiro- la tragedia del éxodo masivo que se produjo en 1939 a través de los Pirineos. Concha sabía bien de qué hablaba, porque formó parte de aquella riada que, para ella, acabaría en México. Parece que tras la caída de Barcelona fueron más de 400.000 personas las que huyeron a Francia. Lo de Siria, pues, está grabado a fuego en la memoria de nuestros abuelos. La historia se repite, con el agravante de que entre los de ahora no hay miembros de un ejército derrotado. La guerra allí continúa. Los de ahora son civiles que escapan para no ser degollados. Para sobrevivir. Yo me imagino que los sirios, como los pontevedreses, como los zamoranos, aman a su tierra. Que quisieran seguir viviendo donde nacieron sus abuelos y sus padres. Me imagino que no prefieren nuestra tierra a la suya. El éxodo que estamos viviendo estos días no es más que la consecuencia de mirar hacia otro lado o, casi mejor, de mirarse el ombligo. De creer que los problemas se resuelven solos. La civilización no puede consentir que unos fanáticos deshumanizados destruyan Petra y degüellen al arqueólogo Jaled Al Assad. Al Assad es hoy el archiduque Francisco Fernando, cuyo asesinato provocó el inicio de la Gran Guerra. Lo que vemos ahora debíamos de saberlo de antes: que los exilios no se combaten con alambradas. Que para evitarlos hay que combatir las causas, en África y en Oriente. Y al ISIS, me temo, hay que borrarlo de la faz de la tierra.