Tal vez el mejor capítulo de la larga historia de Los Simpson es el del monorraíl. Aquel en el que un pícaro embauca a los habitantes de Springfield para gastarse unos millones en una extraordinaria e innecesaria infraestructura de transporte público.
El timador, un conseguidor llamado Lyle Lanley, seduce a la incauta masa con una sugestiva canción. Todos, salvo la sensata Marge, que propone emplear el dinero en arreglar la maltrecha calle principal, acaban aceptando entusiasmados la estafa cantando a coro «monorraíl, monorraíl».
Misma música, pero distinta letra llevan escuchando varios años los ciudadanos de Cataluña que no son/eran independentistas, aquellos cuyo voto no depende del sentimiento o de la ideología, sino de elementos objetivos como la estabilidad económica o la seguridad jurídica. Mas y sus mosqueteros intentaron seducir a este colectivo con una lista de reproducción de dos temas: uno tipo Pimpinela, titulado «España nos roba»; el otro, una fantasía con ritmo de bolero, «No pasa nada, decimos adiós a España, pero seguiremos en Europa». Estaa alegre tonada sonó y sonó hasta que hizo su aparición en la escena electoral un «triple hit»: los implacables datos de Borrell y Cía, la carismática voz de Obama y el zas definitivo, en toda la boca, de Bruselas.