Quería escribir un artículo escasamente equinoccial, alejado de esa extraña melancolía que nos encoge el corazón al llegar el otoño, que no nos conmoviera como una canción de Mina, en la que se escucha cómo crepitan los leños que se queman en la chimenea, mientras leemos un libro de Cesare Pavese o un manojo de poemas de Rilke o Vallejo.
Eran las buenas intenciones en una tarde gris y madrileña con una rendija de optimismo por donde asoma un sol pálido y liviano que enmarca el auténtico rostro del otoño.
El verano se obstinó en cerrar las cortinas de agosto y apresuró con septiembre la llegada de la nueva estación.
No voy a citar a quienes buscan las puertas abiertas de los pasos fronterizos para hacer las etapas de ese camino laico y civil de Santiago que tiene su meta en Alemania o Suecia, no quiero mezclar dolor y picaresca, ni espacios culturales antagónicos, para no resultar políticamente incorrecto, que es lo que me pide el cuerpo. Quiero contar únicamente que el otoño llegó por sorpresa antes de haber sido convocado, cuando aún no debutó el veranillo de San Miguel, y la vendimia ha dejado paso a ese sol del membrillo que recorre indolente el paisaje.
Ni siquiera voy a decir nada acerca de esa extraña locura secesionista que amenaza con enloquecer a los ciudadanos que viven en Cataluña envueltos en un falso sudario que intenta poner fin a una historia conjunta que no tiene alternativas en ese espejo sin azogue de la independencia.
Yo solo quiero saludar al otoño, coger las primeras setas, ver cómo el paisaje se muda al oro viejo de las hojas que navegan el primer viento septembrino, contar cómo menguan los días y van creciendo las sombras, cómo se adelantaron las borrascas y el temporal encubierto en ese obsceno nombre que enumera las ciclogénesis. Escribir el artículo de estación que da la bienvenida a la penúltima estación del año cuando, apresurado y novicio, el otoño deja ver su rostro, y en el Piamonte italiano se aguardan las primeras trufas de la temporada. Era mi intención ser amable y cubrir las palabras con una suerte de niebla nostálgica, ajena al nuevo cuento de la lechera derramada que atenaza y amenaza a los ganaderos de mi tierra, donde hace un ahora mismo hubo, Rivas díxit, un millón de vacas.
Me puede el otoño, acaso porque está siendo mi coetáneo, mi santo y seña de una edad que ha llegado poco a poco a mi vida, tal que este otoño que deja en mi corazón una balada de melancolía que dura hasta el estallido de una primavera todavía lejana.
No aguardaba contemplar, cuando todavía septiembre dobla la esquina de la primera quincena, el rostro del otoño. A lo peor es que ya no es como antaño, cuando los meses crecían despacito, sin molestar, y octubre era solo una fecha en el calendario anunciando un comienzo de curso y la continuidad de la vida, nuestra vida, la de todos nosotros que vemos cómo envejece el rostro del otoño.