Hace una semana, el pasado sábado, sobrevoló mi casa como tantas otras veces el estruendo del helicóptero de salvamento marítimo, que se dirigía a alta mar. Es un ruido inequívoco que suele conllevar una tragedia. Luego supimos que un barco de una regata trasatlántica había naufragado, pero que los dos tripulantes habían sido rescatados. También que los regatistas se llamaban Alex Thomson y Guillermo Altadill. Guillermo, nacido en Barcelona y que ha dado seis veces la vuelta al mundo, estuvo a punto de morir en el naufragio. Pocos días después apareció por las redes sociales, para sus amigos, una breve y prodigiosa narración del catalán que había regresado de la muerte. Atrapado por la embarcación volcada, con los pulmones a punto de reventar y buscando aire desesperadamente, comprendió que se moría y en un último esfuerzo alcanzó la popa, donde encontró el aire que necesitaba. Y contaba cómo, tras el heroico -rutinariamente heroico- rescate, se encontró caminando por las calles de A Coruña. Solo, sin dinero ni ropa, perplejo de estar vivo, desconcertado. Y entonces, inesperadamente, llegó hasta él un olor a castañas asadas y ese olor lo transportó a su infancia, a su abuela que lo llevaba de la mano por las calles de Barcelona en aquellos otros lejanos meses de noviembre, y junto a estos recuerdos volvió a recordar quién era. Se volvió a la castañera y le compró un cucurucho, y entonces recordó que no llevaba dinero, pero la castañera, que le habrá visto los ojos, le regaló el paquete. Bienvenido, Guillermo.