Hace meses que Artur Mas se convirtió en un zombi perdido entre las bambalinas de su propio ego. Si hoy Antonio Baños le vuelve a decir que se guarde en la americana el anillo de pedida -con sus tres deslumbrantes vicepresidencias engarzadas ayer a toda prisa por los orfebres del procés-, dejará la desconexión varada en las arenas de la Barceloneta. Pero que nadie se confíe, porque aunque anoche el Constitucional suspendiese la cursilona resolución secesionista, este señor de mandíbula e ideas prominentes es muy resistente y antes de romperse él ya ha roto sin demasiadas contemplaciones su partido e incluso su país. Y al president, siempre precavido, le resta una última bala en la recámara para plantar cara al invasor.
Como ahora resulta que Mas es un antisistema y la ley le estorba menos que un defensa a Messi, lo suyo sería que se quedase de okupa en el Saló Verge de Montserrat de la Generalitat y que pidiese auxilio a sus correligionarios de Stop Desahucios y la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, para que se encadenen con él a un pilar gótico cuando entren los antidisturbios con las porras desenfundadas.
Porque si Mas se hace okupa de flequillo recortado -lástima de tupé, que apuntaba a JFK, pero se quedó en Artur- y camiseta de gondolero, dejará a Antonio Baños y a sus niños descarriados de la CUP ante a un gravísimo dilema moral. A ver cuál de estos anarquistas de salón renuncia a sus convicciones más profundas para arrojar a un realquilado de 59 años en paro a las tinieblas exteriores de la pobreza energética y las soluciones habitacionales.