Saudades

Ramón Pernas
Ramón Pernas NORDÉS

OPINIÓN

En la lisboeta avenida da Liberdade, en medio de boutiques de grandes marcas de lujo, se alza un edificio a caballo entre el modernismo y el racionalismo, que es la sede del ortodoxo Partido Comunista de Portugal. Un cartel pide la salida del euro y la vuelta al «novo escudo». Los comunistas apoyan un Gobierno alternativo al de Passos, que ha sido el gabinete más corto, once días, de la historia política de Portugal, dando paso a un Gobierno en torno al antiguo alcalde lisboeta Antonio Costa, del Partido Socialista Portugués y sustentado por el emergente Bloco de Esquerdas, liderado por la actriz Catarina Martins.

La suma de las tres formaciones alcanzó en los recientes comicios un 61 por ciento de los votos frente al 39 por ciento de la coalición de centroderecha, que hizo el trabajo sucio estos últimos años de soportar un rescate de 78.000 millones de euros, y hacer gran parte de los deberes exigidos por la Unión Europea, el Banco Mundial, el FMI y tutelados por los temidos hombres de negro.

El presidente de Portugal, que acaba mandato próximamente, convino que formara Gobierno, como era tradicional en un acuerdo tácito, al partido más votado, pero la izquierda, irreconciliable hasta ahora, olvidó las rencillas familiares y logró un acuerdo de mínimos.

Lisboa está como siempre, preciosa y coqueta. Ya no es la vieja dama presumida que se mira en el espejo del Tajo. Vuelve a ser la ciudad moderna y cosmopolita que había perdido su belleza. La luz, la maravillosa luz del sol tibio de noviembre ha vuelto adonde solía, desterrando la triste palidez de antaño, y los olores esenciales de la ciudad perfuman el aire llenándolo de canela como si espolvoreáramos un gigantesco pastel de Belem que la ciudad ofrece a quien acude a una cita acordada.

Había retornado un tímido optimismo económico que una vez más fue bandera para una devastada clase media duramente golpeada por casi una década de crisis económica y que ahora comenzaba a recuperarse después del sufrimiento de recortes, crecimiento del desempleo y todo tipo de precarización salarial. Ha vuelto el miedo a la incertidumbre de la previsible radicalización política. En los últimos cinco años, el número de emigrantes alcanzó un veinte por ciento de la población total, diez millones de habitantes, del querido Portugal.

La crisis escribió el fado más triste, el que nunca cantó Amalia Rodríguez, de un «povo que lava no rio», que como en la vieja letra «pode haver quen te defenda, que compre o teu chao sagrado, mas a tua vida nao».

Saudade, saudades de Portugal.