Ayer volví a desayunar en París, en el barrio de Saint-Denis. Presencié en directo un despliegue de la policía francesa durante su operativo para detener al presunto cerebro y a algunos de los cómplices necesarios de los atentados del pasado viernes 13. Volví a leer y escuchar los comentarios a favor y en contra de la rápida actuación francesa, de la reacción de Hollande bombardeando Raqqa, el bastión de Daesh en Siria, de la ampliación del estado de emergencia nacional, de la petición de aplicación del artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea, del apoyo o rechazo al pacto antiyihadista, de la consideración de que estamos o no en guerra. Y, aunque puedo estar de acuerdo o no con según qué opiniones, reconozco mi satisfacción por nuestra libertad para opinar, para discrepar, para manifestarnos. Y, al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar en la otra cara de la moneda: en los millones de sirios e iraquíes, yezidíes, suníes, chiíes y cristianos que no tienen ni estos ni ningún otro derecho. No puedo dejar de pensar en esos millones de personas que viven los bombardeos, los disparos de los francotiradores, los asedios, la privación de agua, electricidad, alimentos, medicinas, asistencia sanitaria, educación, trabajo y seguridad. No puedo dejar de pensar en esos millones de mujeres vendidas como ganado, violadas, utilizadas como máquinas de producir niños. No puedo dejar de pensar en los cientos de miles de emigrantes en busca de paz. No puedo dejar de pensar en los cientos de miles de huérfanos vagando en tierra de nadie, caldo de cultivo para el fanatismo. Y sobre todo no puedo dejar de pensar en nuestra responsabilidad en la aparición del yihadismo, en cómo hemos dejado que pasara esto y en qué podemos hacer para solucionarlo.